Notas: Aquí les traigo el siguiente capi, no me llevó tanto escribirlo, más bien lo hacía cuando tenía tiempo, pero espero que les guste ^^

No olviden dejarme su amor eterno en sus comentarios que me inspiran, respondo todos y cada uno. Cuídense mucho!!!

Capítulo 10: Convivencias

Después de nueve largas horas de descanso a pierna suelta en la quietud de sus habitaciones, el príncipe Tom abrió los ojos poco a poco hacia un plomizo atardecer y una lenta sonrisa se materializó en sus facciones. Ya hacia nueve días que se levantaba con la misma sonrisa de idiota rematado, y el motivo de tal actitud estaba dormido plácidamente a su lado. Como cada día al despertar, su mirada viajó de inmediato hacia el ángel sin alas que estaba abandonado al sueño, perdido boquiabierto en un lecho que parecía hecho de nubes de algodón. La pureza de su rostro en calma era tan perfecta, que le provocó un molesto retorcijón en el fondo del estómago, como si hubiese recibido un puñetazo, pero ya estaba acostumbrado a esas sensaciones tan raras y de nuevo se perdió observando el perfil recto, la nariz levemente respingada y pequeña, las gruesas líneas de pestañas que reposaban sobre sus afilados pómulos y los ángulos rectos de alabastro suave de la quijada de Bill.

Su mirada se paseó después por su cuerpo desnudo de cintura hacia arriba, todo lo visible que había entre las sabanas. Su pecho aun seguía hundido pero las heridas apenas eran visibles ya, no tenía ningún morado y una leve línea rosácea era el único vestigio que quedaba del ataque bestial que había sufrido hacia más de una semana. Las costillas aun se remarcaban en su talle de manera algo espeluznante, pero el tono de su piel ya no era blanco enfermo, ahora iba cambiando levemente y se asemejaba mas a un tono marfil cremoso.

Tom levantó levemente la sábana blanca, revelando así la completa desnudez de Bill, y de nuevo sus latidos se aceleraron al recordar la noche anterior, y la sesión de sexo, jugueteos y risas que se habían montado hasta que el primer rayo de sol había asomado, y que siguieron jugueteando con sus lenguas hasta que el cansancio los había vencido. El simple recuerdo bastó para que el miembro de Tom le comenzara a doler de lo duro que se le había puesto. Estuvo a punto de voltear a Bill y tomarlo ahí mismo, pero lucia tan pacífico e inocente que no lo hizo, prefería verlo dormir y descansar… de momento. Ya habría tiempo más tarde para lo demás.

Se levantó tratando de hacer el mínimo ruido para no despertarle, y después de taparse con una bata de raso negro y suave se encaminó al baño a satisfacer ciertas necesidades.

Veinte minutos después salió del baño chorreando agua después de tomar una ducha vespertina, se sentía despierto y fresco, y su pequeño problemita ya estaba arreglado, así que después de medio secarse con una de las muchas túnicas blancas que había en su habitación, se acercó de nuevo a Bill, quien seguía durmiendo.

Pequeña marmota— le susurró al oído, rozando los labios sobre su sien. Bill se removió y sonrió sin abrir los ojos — ¿no crees que te estás pasando de dormilón?

—…mnosñbs— fue el ininteligible murmullo de Bill, quien se dio la vuelta y se tiró las sabanas sobre la cabeza.

No pases de mi— murmuró Tom por lo bajo y se metió entre las sabanas con él, para morder su cuello. Sabía que aquel era el punto débil de Bill y que no podía resistirse por más dormido que estuviese.

Humm… Tom…sssi—bisbiseó Bill en voz baja y un poco ronca por el sueño. La excitación volvió a hacer mella en Tom.

Despierta vamos… me estas poniendo de nuevo y si te lo hago, perderemos toda la tarde y hay algo que quiero mostrarte— y restregó su miembro medio tieso en el muslo de Bill para remarcar sus palabras.

¡¿TODA LA TARDE?! — chilló Bill, levantándose en el acto, como impulsado por resortes. Tom le miró divertido y levantó una ceja. — ¿Qué…?— se llevó la mano a la cabeza y después se tambaleo sobre el suelo, seguramente mareado por despertar de semejante manera— ¿Qué hora es?

Son… las cinco y cinco— respondió Tom después de darle una ojeada al enorme reloj de péndulo que estaba en el rincón más iluminado de su habitación— ¿pero eso a que viene? ¿Tienes prisa o algo así? — lo miraba con hambre, estaba apoyado sobre un brazo en su cama, mirando fijamente a un desnudo Bill, éste siguió su mirada y al notar su completa desnudez se sintió avergonzado e hizo el paripé de cubrirse la entrepierna, intento que hizo que Tom estallara en sonoras carcajadas.

¡No te rías!… — le gritó con la voz aguda por la vergüenza y después se escabulló corriendo hacia el baño para ponerse más presentable. Mientras se bañaba, metido hasta la quijada en la bañera de mármol blanco, se tranquilizó un poco, el agua caliente le relajaba. Se preguntó a qué hora la habrían traído, porque aun seguía a una temperatura muy agradable, pero sus pensamientos quedaron olvidados en cuanto sintió un par de manos muy calientes acariciando su espalda.

¿Necesitas ayuda? — Tom le sonrió torciendo sólo una de las comisuras de su boca y Bill soltó un resoplido en cuanto los labios de Tom se encajaron con los suyos.

&

¿Ya vas a decirme a donde vamos? — Bill estaba impaciente, habían perdido más de una hora en el baño y en arreglarse. El sol ya estaba muy bajo en el horizonte y una masa de nubes purpúreas se acercaba por el oeste, caería una tormenta muy fuerte y Bill no sabía a dónde lo llevaba Tom.

Habían salido del palacio por el acceso favorito de Tom, un pasillo largo y fresco que desembocaba directamente en un laberinto de arbustos espesos y verdes que adornaban el centro del jardín. A Bill le daba miedo entrar en él así que lo pasaron de largo. Conforme avanzaban, los reverenciaba cualquier trabajador que se topaban. Tom ni los miraba y Bill se inquietaba, pero los sirvientes no lo resistían. Ambos jóvenes lucían hermosos e impresionantes, el negro era el color favorito de ambos para vestir y aquel día iban tan regios como sencillos. Portaban pantalones negros idénticos y botas negras totalmente lustradas. La camisa de Tom era ancha, de manga larga bombacha y negra como la noche. La de Bill era igual pero en color blanco. El príncipe llevaba una bandana de seda negra en la frente y sobre las trenzas, en lugar de la molesta corona y Bill se había atado una pañoleta negra estilo pirata para evitar que el aire agitara su sedoso cabello negro. Aquella pinta tan elegante como vulgar excitaba muchísimo a Tom y lo hacía querer tomarlo ahí mismo, pero antes tenía que atender un asunto pendiente.

¿Ya me dices a donde vamos? — presionó el pelinegro por décima vez.

Que impaciente Bill— dijo Tom mientras caminaban por el sendero más amplio del interminable jardín, Bill nunca había ido por ahí y los nervios de anticipación lo carcomían por dentro— vamos a ver a Aquiles.

¿Quién? —Bill juntó sus cejas en un fruncimiento de ceño — ¿Quién es Aquiles?— Tom sonrió ante el tono levemente acusador de Bill, era incluso más adorable cuando se desconcertaba.

Es mi caballo, tuvo un desgarre el mismo día que… que te conocí— dijo rápidamente al ver como Bill contraía el rostro con molestia— y dijeron que tomaría una semana que sanara… así que vamos a ver qué tal está.

Un caballo— Bill se emocionó— adoro a los caballos, ¿Cómo es el tuyo? — Tom se rió con una carcajada despreocupada.

No seas ansioso, solo te diré que es negro.

Ya me has dicho todo— Bill lucia tan emocionado como un niño de cinco años en la mañana de navidad— ¿pero qué esperas? Date prisa— le dijo. El ya se había adelantado por unos cinco pasos pero se detuvo al terminar el sendero. Delante de él había 4 caminos diferentes, no sabía hacia dónde ir.

Tranquilízate… los establos están ahí— le señaló un claro medio escondido, poblado de pequeñas construcciones de madera rojas y blancas y Bill se adelantó. Los establos estaban en los límites del palacio y uno de sus costados daba hacia un sendero de cabras, fuera de los terrenos reales. El sendero estaba mojado y embarrado de barro y Bill lo miró por un momento, por encima del alambre de púas bastante oxidado por la lluvia y después se adentró en el establo más grande, siendo seguido muy de cerca por Tom.

Al entrar, el hedor a estiércol y tierra invadió sus fosas nasales, causándole un leve escozor, pero no le molestó, ya había trabajado antes con caballos.

Cuando ambos jóvenes avanzaron, los encargados del establo hicieron la aburrida reverencia. Solo eran tres hombres de medianas edades y un par de mozas de cuadra, jóvenes y de lindas facciones. Ambas se quedaron atontadas al ver a los dos muchachos, pero Tom pasó de ellas y se dirigió al hombre de mayor edad.

Alteza — saludó respetuoso, inclinándose delante de Tom.

Saludos Bernardo… Él es Bill, Bill él es Bernardo— el príncipe hizo las presentaciones y después fue directo al grano — ¿Cómo esta Aquiles? — su mirada se paseó ansiosa por todo el establo.

Es un magnifico animal Majestad, se ha recuperado completamente y ya está listo para cabalgar.

Magnífico… ¿descubriste porque se hizo el desgarre?

Un clavo de la herradura la traspasó y se incrustó levemente en la carne de su pata, le dolía al apoyar y eso le causo el desgarre, un mal apoyo además de una leve infección, pero ya está controlado. — le dijo el hombre, pareciendo muy pagado de sí mismo.

Perfecto entonces… ¿y en donde está? — preguntó Tom, quería ver a su caballo, se había olvidado momentáneamente de Bill, que estaba parado a sus espaldas y al recordarlo volteó a verlo de inmediato. —Ya verás a Aquiles, te encantará— le dijo y Bill sonrió, tímido.

Siguieron al encargado de las caballerizas hacia la parte de atrás, donde un pequeño cuarto de piso recubierto de paja dorada con dos caballerizas era el refugio de un imponente corcel negro. Era un animal gigantesco, de lustrosa piel llena de músculos y larga cola negra y lacia, tan larga como la noche. Su rostro era noble y altivo, la curva de su cuello era elegante y Bill pensó que sus enormes y acuosos ojos llenos de espesas pestañas rectas se habían iluminado al ver a Tom. El príncipe le palmeó el lomo con cariño y le acarició la frente negra adornada con una estrella de pelaje blanco, murmurándole cosas que Bill no logró entender, y tampoco quiso hacerlo, le concedió al príncipe algo de intimidad con su amigo de cuatro patas.

Pasados unos minutos, Bill se dio cuenta de que la más joven de las mozas de cuadra lo miraba de manera soñadora, se ruborizaba y sonreía como boba. A Bill le entró la risa tonta y la miró también, haciendo que ella se sonrojara de más. Pensó en ir a saludarle en tanto Tom se desocupaba, pero un relincho le distrajo. No había mirado dentro de la segunda caballeriza porque pensó que estaba vacía, pero no era así. Dentro había un caballo tan grande como Aquiles, con potentes patas ligamentosas y el cuerpo brilloso y musculoso. Era un precioso palomino completamente blanco, tanto que su crin rubia platinada era casi cegadora. Lo recordó. Era el mismo caballo en el cual Tom había ido a buscarlo al astillero. El caballo se había acercado hasta sacar su enorme cabeza por entre los barrotes de la reja y Bill caminó confiado a él, extendió una mano y le acarició la frente con mucha cautela y suavidad.

Hola chico… ¿Por qué estas encerrado ahí, tan solo? — Bill se sintió extrañado, el animal parecía muy dulce, sin embargo estaba atado del cuello a la pared con un lazo dorado y suave, pero no dejaba de estar atado y encerrado. — ¿te has portado mal? — Le habló más cerca, con voz baja y ronca y el caballo le dio un leve y amistoso golpe en el pecho— Hey, que me haces cosquillas.

¿Qué haces? — Tom ya estaba a su lado y Bill ni lo había notado.

Pues, saludo a éste caballo y me pregunto porque está encerrado y atado…

El es Capriccio, mi otro corcel, pero es desobediente, rebelde y agresivo, lo van a sacrificar en una semana, es indomable.

¿¡Sacrificar?! —Bill gritó— ¿pero por qué? A mí no me ha hecho nada, Tom no puedes matar a tu caballo, míralo, es adorable.

A decir verdad, tanto Tom como el caballerango estaban anonadados. El caballo siempre había sido tozudo e indómito, nadie podía acercarse sin llevarse una buena patada o una mordida, pero ahora parecía un cachorro sumiso con Bill.

Bueno… no sé porque se esté comportando así… ¿tú qué piensas Bernardo? — Tom se volteó hacia el caballerango, pero éste encogió los hombros desconcertado— está bien… me lo pensaré con eso de sacrificarlo… quizá tenga cura, creo que le agradas— Tom sonrió, pero se dio cuenta de que la moza no le quitaba los ojos de encima a Bill, y que éste a su vez le devolvía una sonrisa tímida.

Y una ira rojiza y dulzona lo invadió.

Nos retiramos Bernardo, que mañana estén listos, los dos. —y tras decir esto, arrastró a Bill por el brazo hacia la salida y una vez afuera lo soltó— vámonos.

¿Está todo bien…Tom? — pero Tom no respondió, solo caminaba dando largas zancadas hacia el castillo.

Bill se inquietó, no sabía que le pasaba a Tom pero intuía que estaba molesto… ¿por la moza? No había nada más. No, seguramente era otra cosa, molestarse por eso sería algo ridículo y estúpido, pero por precaución mantuvo su distancia.

Al atravesar de nuevo los campos y pasar junto al sendero de cabras, caminando despacio detrás de Tom, Bill escuchó un leve gimoteo que le llamó la atención. Asomó la cabeza levemente por encima de la cerca y lo que vio le heló la sangre en las venas. Había sobre una de las orillas fangosas del camino, un bulto amorfo y sucio que se arrastraba hacia él, y que en pocos segundos estaba de frente, muy cerca, a escasos centímetros de su cara, un rostro arrugado y oscuro. Era sin duda una mujer de edad avanzada, pero sus rasgos eran aterradores. No tenía más que un par de dientes podridos y negruzcos sobresaliendo de unas encías rosadas e inflamadas, sus ojos vacios estaban completamente en blanco, su cabello canoso se pegaba a su rostro en costras de mugre grisácea y un hilillo de saliva le colgaba de la boca. Su olor era nauseabundo. A Bill le repugnó su aspecto e iba a darse media vuelta para alejarse cuando una mano negra y huesuda de largas uñas amarillentas le sujetó por la muñeca con una fuerza sorprendente.

Nacido entre la sangre— la voz parecida a un susurro era átona y parecía carecer de sexo— nacido entre la sangre y el dolor…malos tiempos se avecinan.

Suéltame— Bill estaba aterrorizado y no podía zafar su muñeca de aquel férreo apretón por más que la retorciera. Cuando la mujer habló tan cerca de él, captó un olor a sangre podrida. Aquellos ojos vacios lo miraban sin ver, pero Bill sintió que estaban hurgando hasta el fondo de su alma.

¡Suéltale, pedazo de porquería! — en un visto y no visto Tom estaba a su lado y desprendió la muñeca de Bill del pútrido agarre de esa mano arrugada y llena de mugre de un fuerte tirón. Bill sintió sus huesos crujir un poco.

El futuro encierra dolor para ti y tú persona amada— dijo la figura directamente hacia Bill con la misma inerte voz y Bill palideció y miró a Tom. Los ojos del príncipe se habían oscurecido y parecía un poco preocupado.

Menuda mierda— soltó Tom, dispuesto a ordenar que fuera eliminada cuanto antes semejante aberración humana, pero entonces aquel rostro escalofriante clavó en él sus lechosas pupilas.

Eres apasionado e impulsivo…permites que tu mal genio te guíe. No escuchas a la bondad de tu corazón y por eso le harás mucho daño a alguien, pero a quien acabarás haciendo más daño será a ti mismo.

Y antes de que Tom pudiera replicar una sílaba más, la figura encapuchada había emprendido la retirada, caminando tan velozmente que en menos de cinco segundos desapareció al doblar el sendero.

¿Tom? — la voz temblorosa de Bill le volvió un poco a la vida.

Vámonos Bill— le dijo y su voz sonaba como siempre, quizá un poco preocupada y guió a Bill por el laberinto de senderos adornados con arbustos perfectamente recortados y coloridos macizos de flores, dándole leves apretones reconfortantes a su mano. La noche ya había caído cuando llegaron a las puertas del palacio, Tom soltó a Bill y se acercó a uno de los guardias quietos como estatuas que vigilaban la entrada.

Al ver que el príncipe se acercaba, el guarda se inclinó para saludarlo.

Alteza.

Deja los saludos, eres de los que más tiempo lleva aquí así que debes saber quién es y de dónde viene una maldita anciana decrepita que ronda por el sendero junto a los establos— Tom estaba muy molesto. El guardia al escuchar sus palabras palideció.

Una mujer… encorvada, con horribles facciones y piel arrugada y podrida…

La misma… ¿Quién demonios es?

Yo… Alteza— el guardia comenzaba a sudar y balbucear. Bill observaba todo en silencio y sus latidos se volvieron a alocar. Tom miraba encolerizado al guardia.

Deja de tartamudear y respóndeme— le gritó, fúrico.

Es… dicen… bueno los lugareños dicen que es la lamia.

¿La que?

La lamia… un espíritu, un espectro, un demonio, que lo único que trae es mala suerte— y como para remarcar sus tenebrosas palabras justo en ese momento, empezó a llover.

No seas ridículo, no me importa lo que sea, ordena que la busquen y cuando la encuentren quiero que la quemen viva. — le dijo Tom, sin molestarse en quitar las gotas de agua que se iban quedando atoradas en sus pestañas. La lluvia helada caía de manera torrencial.

¡Tom! — Bill no podía creer lo que escuchaba. ¿Había ordenado el príncipe hacer quemar a la anciana sólo por esas palabras sin sentido? Vale que a él también le asustaba lo que había dicho el guardia… pero de eso ¿a mandar asesinarla? Era demasiado. Resopló molesto y un diluvio de gotitas salió disparado de su boca.

Cállate Bill, y vámonos—se volvió de nuevo hacia él, pero antes de irse le recordó al guardia con la voz afilada— la quiero muerta —y dicho esto arrastró a Bill hasta sus aposentos. Bill caminaba haciendo eses y tratando de no caerse, y así fue todo el camino hasta llegar a la habitación de Tom, y en cuanto las puertas se cerraron, Tom se olvidó de las absurdas palabras de la anciana, porque teniendo a Bill enfrente, indefenso y para él sólo, no pudo pensar en otra cosa que no fuera en el.

Así que tonteando con la moza de cuadra ¿no Bill? — su voz era como un almíbar dulzón de bordes afilados.

¿Qué dices? — farfulló Bill, haciéndose el tonto, pero su voz aguda lo delató.

Vamos, a mi no me engañas ¿te gustó la chiquilla esa?

Bill miró hacia el suelo, molesto.

Bueno ¿y qué tendría de malo? —refunfuñó el menor, ya harto del juego de Tom.

Que no se me da la gana, ¿me oyes? — acortó la distancia y tomó a Bill por el cabello. Éste se quejó— tú eres mío y nada más, que no se te olvide.

Después y sin soltarlo Tom se quitó la camiseta empapada y la dejó caer al suelo, y le arrancó la camisa mojada a Bill de un tirón. Bill pareció desconcertado al principio, pero después de unos segundos sonrió y levantó los brazos hacia Tom, rodeando su cuello. No hacían falta las palabras, Tom también sonrió, curvando los labios en una sonrisa llena de oscuridad y envolvió entre sus brazos la blanca cintura de Bill mientras enterraba la boca en su cuello y comenzaba a mordisquearle y besarle toda la piel que podía. Bill hizo a un lado la cabeza, dándole más espacio al príncipe.

Tom le besaba el hombro, el cuello, la línea de la mandíbula y finalmente en la boca, juntando sus lenguas en un mojado y desesperado vaivén. Sus manos viajaron por el pecho desnudo de Bill, aun lleno de gotitas de lluvia y comenzaron a tirar de su pantalón. Bill imitó sus movimientos y ambos quedaron completamente desnudos en cuestión de segundos, de pie, frente a frente. El príncipe volvió a sonreír, reteniendo entre sus dientes el labio inferior de Bill, mientras sus manos recorrían su espalda hasta acabar en sus nalgas, mismas que estrujó y apretó con fuerza, abriéndolas después, arrancándole un jadeo ahogado a Bill. El menor sonrió cuando sintió la punta del pene de Tom rozarle el vientre. Su propio miembro también estaba tan duro que le dolía.

Bill…— el susurro de Tom era provocativo, lleno de oscuras promesas— quiero sentirte…

Aquí estoy, alteza— a Tom le ponía perdido el que Bill le llamara así mientras tenían sexo. Era el único modo en que le gustaba y la única persona que podía llamarle así, se sentía bien, y Bill no tenia problema en eso, le encantaba ver disfrutar a su príncipe, aunque su orgullo pisoteado le riñera después.

Tom se separó de él, puso sus manos sobre los hombros de Bill y presionó suavemente hacia abajo. Bill cayó de rodillas ante él y rodeó las esbeltas caderas de Tom con sus brazos. Así que eso era lo que Tom quería sentir, pues se lo daría sin pensarlo, aunque después, como pasaba siempre, los sentimientos encontrados y ambivalentes se enfrentaran en su interior en una guerra sin tregua.

Su boca rozó la piel suave y el vello escaso y sedoso del bajo vientre del príncipe, quien se encogió de gusto.

Tom tenía una enorme erección palpitante y roja que destacaba aparatosamente sobre sus muslos dorados. Bill tuvo que abrir la boca forzando las mandíbulas hasta que creyó que se le iban a desencajar, pero no le importaba. Jamás pensó que haría aquello, pero como no quería darle más vueltas de tuerca al asunto, y solo quería disfrutar del momento agridulce con Tom, sacó la lengua, enredándola en la base de su pene, y en ese momento sintió el estremecimiento de Tom y un jadeo ahogado, impregnado de nada más que de placer.

Para no haberlo hecho nunca antes…uggh—Tom no completó la oración, pues tuvo que callar cuando Bill comenzó a marcar un ritmo frenético con el que su pene le embestía la boca, pero descubrió que le encantaba, que podría hacerlo todas las veces que el príncipe quisiera y no le importaría. Ya estaba empezando a saborear el picante, dulzón y salado sabor del pre semen de Tom y aumentó la velocidad hasta que el príncipe estalló, repitiendo una y otra vez su nombre mientras se corría. Se corrió en su boca. Su semen perfumado era como agua lechosa que le quemaba la garganta al bajar, pero no le importó tragárselo. Curiosamente, el semen de Tom le calmó el estomago y lo hizo sentirse bien, casi incluso adormilado, por lo que se sobresaltó cuando el príncipe lo tomó por las muñecas, levantándolo del suelo con brusquedad y después empotrándolo contra el muro más cercano que había a su alcance. El movimiento hizo que se cayera una mesita muy mona de mármol blanco y se hiciera añicos, pero ellos no lo notaron. Tom le volvía a besar como un desquiciado el cuello, los hombros, el pecho. Se detuvo en sus pezones, rozándolos con su lengua de manera insistente hasta que se pusieron duros y erectos.

Tienes un tieso problema entre las piernas Bill— Tom se rio quedamente contra su pecho y envolvió el miembro erecto de Bill con su mano derecha, el liquido pre seminal se escurría por el miembro de Bill, empapando todo a su alcance, llegando incluso hasta su agujero cerrado.

El menor suspiró de gusto y arqueó la espalda al toque, restregando su torso plano y blanco contra los músculos del pecho de Tom.

Si… ahh… ahí— gimió en el oído de Tom cuando éste comenzó a hurgar en su entrada con dos dedos, ayudándose del lubricante natural que Bill se había proporcionado así mismo. Después añadió un tercer dedo en su interior, mientras seguía masturbándolo con su mano libre. Bill se deshacía de gusto, gimiendo y suspirando contra sus labios. Después le rodeó la cadera con las piernas, asiéndolo con fuerza entre ellas. Tom volvió a azotarle la espalda contra la pared y Bill sonrió tímido cuando sintió como la punta del miembro de Tom, nuevamente despierto, le rozo la entrada y comenzaba a introducirse lentamente dentro de él.

Cuando las estrechas paredes del recto de Bill le apretaron completamente el pene, el príncipe dejó escapar un jadeo ronco, que se mezcló con los gemidos de placer de Bill, y tras unos momentos en los que se acostumbraban ambos, comenzó a embestirlo de manera rápida y profunda, sosteniéndolo con una mano y con la otra masturbándolo al ritmo de las potentes estocadas que le daba.

Bill no aguantaría mucho, estaba casi chillando de placer, su miembro estaba hinchado y a punto de estallar, y el miembro sensibilizado de Tom tampoco aguantaría mucho, y menos siendo apretado en semejante cálida estrechez.

Bill se adelantó, gritó su nombre en el momento en el que se corría de forma violenta y su semen brotaba como una fuente, pringando completamente los dedos de Tom, y este a su vez, llenaba su entrada con su semilla, ahogando un quejido sonoro en el cuello de Bill.

Ahh…— suspiró el menor cuando Tom se deslizó fuera de él y su semen se escurrió por entre sus piernas temblorosas.

Debes estar cansado— le dijo Tom, volviendo a su realidad y mirando preocupado el semblante pálido y agotado de Bill.

No… no es eso— respondió mientras se alejaba de Tom, medio tambaleándose y sintiendo tener paja en la cabeza en lugar de cerebro. Tom lo siguió.

¿Entonces que te sucede?

La… mujer y lo que dijo…— se dejó caer en la cama, completamente exhausto, pero no sentía el cuerpo cansado. Su cansancio era mental. Se envolvió en la sábana blanca y fresca de la cama.

Oh vamos Bill, no creerás en todas esas patrañas ¿o sí? Es una absurda leyenda local y más absurdo seria que prestaras atención a ella, y además lo que vimos no fue más que una anciana loca y desequilibrada— su tono era de escepticismo total. Se puso un par de pantalones secos de lino y se escurrió las trenzas entre los dedos— ¿no estás muy mojado?

No, estoy bien calentito y seco— respondió Bill haciendo una carita chistosa.

¿Mucho? — las cejas de Tom se levantaron, y en su cara se pintó una mueca de anticipación. Las chispas saltaron de nuevo entre ellos, aunque hubiesen pasado solo cinco minutos desde que ambos se habían corrido… pero el momento fue interrumpido por un gruñido proveniente del estomago de Bill.

Lo siento— estaba completamente rojo y había desviado la mirada hacia las ventanas abiertas de par en par.

¿Qué es lo que sientes? No seas bobo, mejor ordeno que nos traigan algo para cenar… después podemos ver que tanta temperatura es la que tienes.

Bill se rió quedamente y miró como Tom se dirigía hacia las puertas para ordenar cosas a sus sirvientes, después lo dejo de mirar y fijó su vista en el techo. Las palabras de la anciana resonaban en su mente. Por más que Tom se burlara y maldijera, algo en su interior le decía que sí, efectivamente, malos tiempos venían, y muy cerca ya.

& Continuará &

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

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