Notas: Bueeeno aquí viene el nuevo capi, la verdad es que éste fluyó con mucha facilidad. Espero sus valiosas opiniones, me encanta leerlas y responderles.
Besitos sabor a chocolate 😛
Capítulo 8: Chocolate
Bill retrocedió hasta darse en la espalda contra la pared, cerrando la puerta con ésta, y miró de hito en hito al príncipe. ¿Podría ser cierto? ¿O el príncipe ya había perdido el juicio por completo? Seguro que era eso, no había otra explicación a lo que miraba. Era algo muy bizarro pero aun así por más osado e intrépido que le pareciese, algo en Bill quería obedecer y refugiarse en esos brazos que le esperaban, pero su moral se lo impidió.
— ¿Qué? No, ni hablar— dijo, ajustándose la sabana más al cuerpo.
— ¿Por qué no? — la sonrisita que bailaba en las comisuras del príncipe se hizo más pronunciada.
—Porque… yo… ¡he de irme! Si eso… ahm si me disculpa.
Pero antes de que Bill diera si quiera el primer paso, Tom volvió a hablar.
—Yo creo que no, ayer estabas tan vencido que ni te enteraste, pero tienes que guardar reposo absoluto, y además no tirarás por la borda todo el esfuerzo que hice para que estés ahí parado quejándote por todo—señaló los vendajes de su torso con la mano izquierda— así que ven aquí.
— ¿Bromeas? No guardaré ningún reposo, tengo que ir a trabajar. —Estaba tan nervioso que se olvidó de todas las formalidades, algo que Tom no pareció ni notar.
—No, no tienes— el príncipe empezaba a impacientarse.
—Mi madre, ella necesita…
—Tiene todo lo que necesita, tu amigo el castaño tiene los recursos suficientes para hacerse cargo y me notificará apenas pase algo.
Bill se mordió el labio para reprimir un gritito de furia, el príncipe lo tenía acorralado.
—No, no quiero, es mejor que me vaya.
—Oye, te salvé la vida, podrías mostrarte al menos un poco agradecido ¿no lo crees?— la luz en los ojos del príncipe titiló, a punto de apagarse y Bill no quería eso.
—Lo siento… muchas gracias pero…No lo sé…
—Vamos; no me obligues a traerte aquí, ya te había dicho que conmigo todo es mejor por las buenas, y además… no te ofendas pero… la verdad es que estas asqueroso y hueles mal, y cómo vas a dormir en mis sábanas pues necesitas estar limpio.
Bill se miró a sí mismo y se percató de que lo que Tom decía era verdad. Sentía el pelo hecho una confusión de nudos y picos, tieso de sudor y suciedad, sus brazos y piernas estaban grises y sus manos y pies mejor ni mirarlos, lo único que se veía limpio era la línea de piel que sobresalía de entre los vendajes. Sintió vergüenza de sí mismo.
— ¿¡Dormir en tus sabanas!? — chilló con voz aguda y Tom soltó una leve carcajada.
—Sí, el doctor dijo que debía cuidarte, pero tranquilízate, solo vamos a dormir— dijo en tono solemne y Bill se mordisqueó el labio inferior de nuevo, indeciso—por favor Bill, solo quiero ayudarte— y era tal la sinceridad en sus palabras que accedió sin saber bien porque, y tembloroso se deshizo de la sabana que apretujaba entre sus manos y camino sobre el piso fresco hasta el borde de la gran tina. Ahí dentro cabrían los dos sin problemas, pero era tan bochornoso lo que iba a hacer, que lo hizo con los ojos cerrados. No pensaba quitarse los pantalones cortos que ocultaban su trasero y entrepierna y el príncipe tampoco se lo pidió.
El agua estaba caliente, bastante, pero ni de broma tan caliente como la piel de Tom. Tenía pensado sentarse frente a él y no mirarlo para nada, pero como tenía los ojos cerrados, no se dio cuenta y se metió por el lado equivocado, y lo que pensó seria el borde frio de la tina contra su espalda, no fue otra cosa que el pecho caliente y húmedo de Tom. Quiso levantarse en el mismo instante pero un par de manos más calientes aun lo detuvieron.
—Quédate quieto, podrías abrirte las heridas si te mueves tan rápido— la voz de Tom se escuchó tan cerca de su oído que todos sus pelitos se pusieron de punta— ¿aun te duele mucho? —le pregunto, mirando la herida de su hombro, ya comenzando a cerrar.
—N-no… no la siento— dijo Bill tartamudeando. ¿Por qué se estaba comportando así de idiota? Había algo en el príncipe que lo ponía de los mil nervios, pero había otro algo que lo relajaba, como si estuviera en el sitio donde debería estar. Las emociones eran muy contradictorias.
—Voy a quitarte las vendas, según el viejo hay que cambiarlas o te pudrirás por dentro otra vez.
—No quiero recordarlo— Bill comenzó a relajarse poco a poco— el dolor fue insoportable, menos mal que ya pasó y por cierto…—se ruborizó hasta los dedos de los pies— gracias… por salvar mi vida.
Sintió la cálida risa de Tom casi pegada a su nuca y se estremeció.
—No hay nada que agradecer.
Permanecieron unos momentos en silencio, inmóviles, cada uno sumido en sus pensamientos, hasta que se escucharon algunos ruidos apresurados en la habitación. Bill pego su espalda al pecho de Tom de forma involuntaria, aterrorizado.
—Tranquilízate, solo están arreglando y aseando un poco, siempre lo hacen cuando yo tomo la ducha— eso calmó un poco a Bill, pero el miedo no se iba, temía que de repente la puerta se abriera y ¿qué pensaría quien fuera que los viese, ambos metidos en la gran tina de Tom, con Bill recargado cómodamente en su pecho?, pero por suerte, la puerta no se abrió.
Tom estaba ocupado en deshacerse de los vendajes del torso de Bill y éste no se movió, sentía pequeños pinchazos de dolor y algo de comezón.
Cuando las vendas estuvieron hechas una bola húmeda al lado de la tina, Tom tomó una pastilla blanca que estaba medio abandonada en un saliente de la tina, la frotó entre sus manos después de sumergirla en el agua y, para sorpresa de Bill, la cosa empezó a hacer espuma. Bill estaba fascinado.
— ¿Cómo haces eso? — chilló emocionado, viendo como mas y mas espuma era creada en las manos de Tom.
—Es jabón ¿es que nunca habías visto…?— y se dio cuenta de que no, que Bill jamás había visto algo así y de nuevo esa molesta sensación le ataco el pecho haciéndole sentir incómodo.
—No, yo nunca…—no despegaba los ojos de la espuma— ¿puedo? — estiró las manos y Tom le entrego el jabón perfumado de lavanda.
—Huele tan bien— canturreó el pelinegro con placer, y Tom volvió a sonreír, mientras comenzaba a pasar sus manos enjabonadas por la espalda del contrario. El toque volvió a quemarle y sintió un cosquilleo muy particular en su bajo vientre.
Bill en cambio disfrutaba de la atención, jamás había tomado un baño así, con agua caliente y jabón que olía como las flores de las praderas, lo estaba gozando, pero cuando el príncipe llego hasta su herida recién suturada lo atacó un escozor terrible que le hizo apretar los dientes y dejar escapar un siseo.
—Es normal que duela, pero tiene que estar limpia y así no volverá a infectarse.
—De acuerdo— murmuro Bill aun con los dientes apretados, pero el dolor iba mitigando. Entonces se puso nervioso de nuevo cuando las manos de Tom rozaron la cinturilla de sus pantalones cortos y por reacción se hizo hacia atrás, obteniendo como resultado presionar con su trasero el miembro de Tom. Ambos se pusieron tensos y se callaron abruptamente. Bill no había podido evitar darse cuenta de lo grande que tenía Tom aquello y eso hizo que se pusiera más rojo que la sangre y comenzara a sudar. El príncipe por su parte había reprimido con todas sus fuerzas un gemido gutural, pero lo que no pudo evitar fue que su hombría comenzara a despertar, y como no quiso parecer un pervertido frente a Bill se levantó y salió de la tina.
—Creo que puedes terminar tu solo, te espero afuera— le dijo mientras se envolvía la cintura en una túnica de lino blanco ribeteada con hilos de oro—hay una para ti sobre el estante— fue todo lo que dijo, y salió rápidamente, dejando un camino de gotitas de agua tras él.
Bill estaba petrificado, tieso, inmóvil, no sabía qué era lo que había hecho para cambiar tan radicalmente el ambiente, de uno relajado y bromista a uno incómodo y silencioso. Su movimiento había sido involuntario, totalmente un accidente, sin embargo el príncipe había reaccionado mal y cuando había salido de la tina, Bill había notado que estaba totalmente desnudo y no pudo apartar la vista de su cuerpo, del pecho ancho, con los músculos resaltados en él, en su espalda fuerte y grande y en su… en su…
—Ah…—gimió el pelinegro al notar que su propio miembro estaba despierto y más duro que una piedra.
&
Tom se sentía preocupado, miles de cosas rondaban en su mente, pero las atendería después, la más imperiosa era por qué Bill no había salido del baño. Llevaba ahí dentro más de tres cuartos de hora y no se oía ni el zumbido de una mosca, todo estaba en completo silencio. ¿Y si se había vuelto a lastimar? O ¿alguna herida se le había abierto? Necesitaba saber, pero al mismo tiempo no quería entrar por temor a lo que pudiera ver en los ojos de Bill. Estaba seguro de que había notado su empalme de caballo, tan fuerte que hasta le había dolido. Pensó que no tendría tiempo de disimular e inventarse algo sobre la marcha, pero Bill había tardado tanto que hasta se le había pasado la erección por sí sola.
Estaba a punto de entrar a buscarlo cuando la puerta se abrió y salió Bill, caminando despacio pero con gracia. Los latidos de Tom se aceleraron. Bill iba desnudo de la cintura para arriba, el cabello mojado estaba pegado a sus hombros y le escurrían gotitas tan finas como hilillos de lluvia que creaban una danza armónica en su talle delgado y blanco, lo único que jodía aquel paisaje surrealista eran los morados, heridas y cardenales diseminados por doquier. Había tomado la segunda túnica blanca y la tenía ajustada a la cintura, quizá más debajo de lo que debería y a cada paso que daba, la serpenteante cicatriz de su costado ondulaba y tironeaba, arrancándole al chico leves muecas de dolor…
Al mirarse ambos desviaron la mirada, abochornados. Al menos Tom ya estaba vestido con un par de pantalones de color negro y una camisa blanca de manga larga, quizá una o dos tallas más grande. Bill en cambio revoloteó hasta el revoltijo de ropa sucia apilada en un rincón y comenzó a buscar sus prendas. Tom lo miraba horrorizado, ¿sería posible que estuviese buscando esos harapos con los que había llegado?
Pues sí que lo era; Bill los había encontrado y pensaba ponérselos.
— ¿Qué estás haciendo? — Tom llegó a su lado en menos de medio segundo y le quitó esa ropa asquerosa de entre las manos. Bill se encogió y se alejó un poco.
—Pues… estoy buscando mi ropa—y se alejó más al oír un bramido que crecía en el pecho de Tom.
—Tu nueva ropa esta sobre el sofá largo, no dejaré que toques esto y además hay que ponerte el vendaje. —siseó molesto.
— ¿Tu sabes vendar? — preguntó el pelinegro con una ceja alzada y una sonrisa amenazando con aparecer.
—Claro que lo sé— repuso Tom indignado— ven aquí que te la pondré.
Y por pura curiosidad Bill lo siguió.
— ¿Entonces tengo que ponerme esto? — estaba mirando lo que había sobre el sofá. No se podía inclinar mucho, el vendaje perfecto que le había puesto Tom se lo impedía. Estiró la mano para tomar la ropa interior blanca, también había pantalones negros muy parecidos a los de Tom, una camisa suelta estilo española con las mangas anchas, totalmente de algodón blanco y un par de botas negras, pulidas hasta quedar como espejos.
—Espero que te quede, eso es mío pero creo que nuestra talla es similar— respondió Tom sin mucho entusiasmo, mirando a Bill atentamente. La ropa no despertaba interés alguno en él, siempre que fuera blanca, negra o azul profundo, fina y bien acabada, estaba perfecta. Pero para Bill era otro cantar. Jamás se había puesto una prenda que fuera ni de cerca como las que tenía enfrente. Solo tenía tres cambios de ropa, todos con agujeros y rasgaduras y jamás había usado calzado.
Un golpe discreto en la puerta los sobresaltó a ambos y Bill se excusó para irse al baño a vestir.
Tom se molestó, había ordenado que no lo molestaran, pero quizá era su sirviente así que le ordenó pasar con voz monótona.
&
Bill estaba impresionado, la ropa de Tom le quedaba mejor que ni mandada hacer, quizá algo floja por su delgadez, pero todo se amoldaba perfectamente. La camisa era fresca y cálida a la vez, los pantalones colgaban a la perfección de sus caderas, con el largo exacto y las botas eran de su número. Aquello lo asustaba un poco. A veces se sentía ridículo y no sabía que hacia ahí, ni porque Tom, el príncipe arrogante, se mostraba tan amable con él. Su mente no lo comprendía, temía subir demasiado y que después se diera el hostión del mundo contra el suelo. Definitivamente debía preguntarle que se traía entre manos con respecto a él.
Cuando salió del baño ya estaba completamente vestido y seco, su cabello se sentía más fresco que nunca y estaba perfectamente alisado y suave. Bill se sintió un poco contento. No vio a Tom por ningún lado, creyó que el príncipe había salido con quien fuera que hubiese tocado, así que iba a aprovechar a dar una miradita pero al salir a la terraza se detuvo.
Tom estaba sentado frente a una mesa de cristal repleta de comida y lo invitaba a sentarse con la mirada.
—Ya es tiempo de comer— le dijo, pero Bill no se movió. Aquello ya era demasiado.
— ¿Por qué haces esto? ¿Por qué me ayudas? No entiendo… Alteza— Tom cerró los ojos con pesar al escuchar esa palabra, no le gustaba oírla de labios del Bill, prefería que le llamara sólo Tom— por favor, necesito saber porque estoy aquí, ¿quiere que sea como una especie de sirviente, o esclavo o ayudante?
Tom ya estaba negando con la cabeza, sintiéndose completamente solo de nuevo.
—No Bill, no espero que seas ninguna clase de esclavo, solo espero que seas alguna clase de amigo— y su voz tembló.
Bill también tembló. No se había imaginado semejante respuesta y lo pilló desprevenido.
— ¿A-Amigos? —dijo y se sentó frente a Tom. — ¿Por qué? ¿Por qué alguien como tu quiere ser amigo de alguien como yo? Yo no soy nadie, soy una basura de la calle, un plebeyo, un mendigo, y tu… tu eres un noble, un caballero, eres… el príncipe heredero, rayos, ¡vas a ser Rey!— no había notado que las lágrimas ya estaban bañando su rostro y que se escurrían por su afilado mentón. —No está bien que estemos juntos… yo… me siento tan tonto, tan avergonzado, quisiera salir corriendo de aquí pero al mismo tiempo quiero quedarme; no lo entiendo.
Tom se levantó en el acto y se acuclilló al lado de la silla de Bill, restañando sus lágrimas cristalinas con sus dedos.
Las lecciones de vida que Bill le estaba proporcionando en tan solo unas pocas horas de conocerlo, le habían hecho cambiar radicalmente su manera de mirar la vida y de mirarse a sí mismo, todas las verdades iban cayendo sobre él una tras otra, deslizándose camino abajo junto a las lágrimas de Bill.
—Tú y yo no somos tan diferentes Bill, podría asegurarte que somos iguales. Sé que tu vida ha sido muy difícil y… puedo ver en tus ojos que te sientes tan solo como yo, pero no volveremos a estarlo… no volveremos a estarlo— le repitió, sumiéndose en la desesperación al ver que los ojos de Bill parecían haberse vuelto de agua, y entonces lo rodeó con sus brazos y estrechó su cuerpo con fuerza, tal como había querido hacer desde que había visto por primera vez el dolor en aquellos ojos oscuros de niño, tan parecidos a los de él.
Bill se derrumbó sobre él como si no quisiera separarse nunca más, y Tom sintió todo el agotamiento que había dentro de aquel cuerpo tan esbelto. Se sentía extrañamente bien, se sentía como estar en casa.
—Tranquilo, todo va a ir bien— se sentía tan condenadamente impotente… tan culpable, tan asqueado de sí mismo, de lo déspota y egoísta que había sido durante toda su vida, sin pensar en nadie más, sin ver más allá de su nariz, creyéndose merecedor de todo y despreciando a quien se topase de frente, cuando al mismo tiempo, Bill sufría todas las carencias, abusos y sufrimiento del mundo y aun así seguía adelante, trabajando, sonriendo, viviendo… No sabía porque, pero no permitiría que eso se repitiera. Jamás.
—Abrázame— dijo Bill con la boca pegada a los pliegues de la camisa de Tom— no me sueltes, todavía no.
Y Tom lo estrechó con más fuerza, sin saber qué hacer o que decir para hacer que Bill se repusiera. Necesitaba verlo feliz, así también sería feliz él. Sus ojos danzaron por todos lados, buscando, y sin pensarlo cogió un cubito de chocolate suizo del plato que tenía delante, un verdadero manjar de reyes en aquella época y lo acercó a los labios de Bill.
—Come esto, te calmará, como hace conmigo— y Bill dócilmente abrió la boca para saborear eso que Tom le ofrecía. Y en verdad tenía razón, el sabor era asombroso, vibrante, cremoso y dulce, o quizá lo que le parecía más dulce de todo era el dedo de Tom, el cual mordisqueaba junto con el chocolate, ante la mirada atónita del príncipe.
Ambos se miraron, acalorados de nuevo y entonces se hizo la conexión, como dos hilos de acero que se unen después de buscarse por mucho tiempo, tensos e irrompibles. Tom se acercó más a Bill, quien tenía la boca entre abierta y manchada de chocolate, y Bill acortó la distancia entre él y Tom, y ambas bocas se fusionaron, encajando de manera perfecta, como dos partes de un todo, moldeadas a la medida exacta, hechas por el mismísimo destino.
La boca de Tom quedó impregnada por el sabor del chocolate y la de Bill…, la de él sabía más dulce aun.
& Continuará &