Notas: Aquí la nueva entrega ejeje me han encantado sus comentarios, espero responder de nuevo sus nuevos comentarios *-* besitos

Capítulo 7: Whisky

Tom golpeó su frente contra el cristal de la ventanilla de la carrosa negra que se bamboleaba rítmicamente unos minutos después. Para ser sincero, ya estaba preocupándose de mas por Bill, quien ya no se movía. ¿A quién pedirle ayuda? Sólo iban ellos dos dentro de la calesa.

¿Es que no podemos ir más deprisa? — gritó hacia el sirviente que llevaba las riendas de los caballos. Sonrió cuando la carreta tomo más velocidad.

Lo siento majestad, ya estamos llegando— anunció el lacayo tímidamente.

Bill dejó escapar un gorjeo ininteligible y se removió con languidez.

Al principio se habían sentado uno frente al otro sin decir palabras, pero entonces Bill se había ido recostando hasta desparramarse en el cómodo asiento de cuero negro, y de no ser por las manos fuertes de Tom que lo sostuvieron, habría resbalado y caído al suelo de la carreta.

Ahora iba recostado a lo largo del asiento, con las piernas recogidas en un ángulo bastante incómodo debido a su exceso de largo, y la cabeza abandonada en el regazo de Tom, quien la sostenía firmemente y miraba sin parpadear sus rasgos aristocráticos.

La preocupación le había crispado las facciones al príncipe de una manera espeluznante, nunca en su vida había tenido tanto miedo de algo, como temía que algo fuese a pasarle al joven que ni conocía, pero que sentía conocer desde siempre, incluso desde antes de que se les otorgara la vida y que empezaba a delirar por lo alto de la temperatura. Y la temperatura de Tom también comenzaba a elevarse pero por razones muy distintas. La cabeza de Bill descansaba lánguida y pesada sobre sus muslos, tenía el rostro vuelto hacia su abdomen y el duro cráneo presionaba suavemente su hombría, el príncipe comenzaba a acalorarse…

Apoyó su índice sobre los labios entreabiertos y calientes de Bill y su bajo vientre sufrió una sacudida. Estaba a punto de introducir su dedo en la humedad de la boca de Bill cuando fue interrumpido.

La carrosa se detuvo y la portezuela forrada de satén azul oscuro se abrió en el acto.

¿Hay alguien? — preguntó Tom con voz queda, mirando hacia los jardines desiertos.

Nadie alteza, tal y como usted lo ordenó. —el lacayo no lo miró, siguió con los ojos clavados en las ramitas de pasto verde salpicado de rocío, como si fuese lo más interesante del mundo verlas crecer.

Bien, quiero que traigan enseguida al doctor Ferrer, que suba a mis aposentos.

¿El doctor Ferrer?, pero majestad, el tiene más de 70 años.

¿Tu eres sordo? ¡El doctor Ferrer dije! — siseó Tom, furioso y el lacayo se retractó.

Como usted ordene, lo traeremos enseguida junto con su ayudante.

Procura ser lo más rápido que puedas. — Tom había bajado de la carrosa y vigilando a sus tres sirvientes de mayor confianza, condujeron a un Bill inconsciente a través de la multitud de pasillos oscuros que llevaban hasta los aposentos del príncipe.

El destino era caprichoso. Pensar que esos mismos pasillos, si hablasen, dirían que el hijo menor regresaba a casa, pues lo habían visto salir hacia 18 años, medio muerto, envuelto en sabanas ensangrentadas, y ahora volvía a sus raíces exactamente del mismo modo.

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Bill había intentado mantenerse despierto lo más que pudo dentro del confortable interior de la carreta, pero su cabeza daba vueltas y vueltas totalmente enloquecidas.

En algún momento de lucidez, mientras ignoraba con todas sus fuerzas la penetrante mirada de Tom, se dio cuenta de que se dirigían al palacio.

¿Cuántas veces había soñado con ir allí?, ¿cuántas veces había fantaseado con sus prados, sus fuentes y lagos y todas esas maravillas que le relataba Georg? Quiso verlo con sus propios ojos durante toda su vida pero ahora, éstos pesaban cada vez más, hasta que no pudo mantenerlos abiertos y se le cerraron al momento de cruzar la verja principal del castillo de Calabria.

Lo último que pudo notar entre las brumas de su mente, fue que varios pares de manos muy cuidadosas lo conducían por pasillos frescos y oscuros, por muchos pasillos llenos de eco en donde los remolinos de aire frio le alborotaban los cabellos, hasta ser depositado en una superficie mullida y fresca, y que entonces sí, se había dejado ir.

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Tom se paseaba de un lado a otro frente a la cama, nervioso, furioso, preocupado, desesperado porque llegase el médico. No entendía porque tardaba tanto, si no fuese tan bueno ya lo habría despachado de una patada en el culo, pero luego recordó su edad, y recordó que lo conocía desde siempre, pues él era quien lo había traído al mundo.

Tom dejó de pasearse y se detuvo al lado de su cama, mirando a Bill tendido en ella, completamente noqueado. El príncipe se despojó de la capa y la casaca tirando ambas al piso, quedando únicamente con su camisa blanca de algodón egipcio, tan fresca como un flequillo del aire y los pantalones negros. Las suelas de sus botas resonaban en el piso de mármol blanco.

Tom tenía miedo incluso de tocarlo, el chico estaba ardiendo en fiebre y deliraba.

Estaba a punto de subirse por las paredes de la desesperación cuando escuchó jaleo fuera de sus habitaciones, las atravesó como un rayo y abrió ambas puertas. Ahí de pie estaba el anciano doctor real acompañado por su joven ayudante, los dos de pie en actitud respetuosa.

Alteza— saludo el anciano —cuanto gust…

Deja los formalismos para después— Tom los hizo pasar y después se dirigió al par de guardias que custodiaban sus puertas— ustedes, ahuyenten a quien quiera que se piense venir a verme, no me interesa de quien se trate, como si son mis padres, o mi abuela, o ese bueno para nada del sacerdote o los imbéciles parlamentarios, incluso si es mi abuelo en persona salido de su tumba, los despachan a como dé lugar, no quiero que nadie me moleste más que mi sirviente personal— y dicho esto cerró dando un portazo.

Posó sus ojos en el médico, que estaba pálido y estático frente al lecho.

Thomas pensó que algo muy malo había pasado con Bill, se acerco a él casi derrapando y puso su mano en la frente del pelinegro, suspirando de alivio al verlo removerse y fruncir el ceño, entonces se volvió de nuevo hacia el médico esperando al ver al anciano petrificado, sin moverse, sin respirar incluso, su mirada se había quedado vidriosa y vacía y en su rostro no había más emoción que la sorpresa.

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El antes medico real escaneó la habitación, tratando de encontrar el porqué de tan urgente llamado. El príncipe lucia bien y sano como un caballo, pero entonces se fijó en la otra silueta acurrucada e inmóvil, tan delgada que su cuerpo apenas ocupaba espacio bajo las mantas. Reconoció aquel rostro de inmediato, quizá nadie lo había notado, pero era exactamente igual al de Tom, solo que más delgado y simétrico. Era el segundo príncipe renacido de entre las tinieblas. No se dio cuenta de que dio un paso hacia adelante, ni de que se estaba lamiendo los labios. Su mente sólo necesitó un momento para asimilar lo que miraba. El jamás se había olvidado de aquella noche tenebrosa, ni de la ahora reina y de sus dos bebes que parecían hechos de azúcar y caramelo. Había vivido todos aquellos largos años preguntándose si no debería haber hablado, haberle contado todo a la reina y al rey, y decirles lo que la desalmada anciana había ordenado. En el fondo de su corrompida alma el siempre supo que el segundo príncipe no había muerto, aunque jamás lo buscó. Durante 18 años tuvo en mente la idea de buscarlo y llevarlo al palacio, y ahora sabía que fin de cuentas habría dado exactamente igual que lo hiciera o no. La sangre llamaba a la sangre y las maldiciones y las bendiciones siempre se acababan encontrando con aquellos para los que han sido creadas.

Se acercó rengueando al chico para contemplarlo de cerca. Tenía el aspecto de haber sido criado en el cuarto trasero de una taberna de mala muerte, alimentado con leche rancia y whisky, hasta que el hambre había dado la forma más hermosa y delicada imaginable a su rostro.

Mientras lo miraba, las sombras que había debajo de aquellos ojos se hicieron más profundas y sus labios se pusieron nacidos y quedaron entreabiertos. Parecía un niño maltratado, un niño al que se le había obligado a estar levantado hasta una hora muy tardía.

¿Pero que le han hecho? —susurró horrorizado cuando Tom desenredó el amasijo de sabanas y levantó delicadamente la camiseta de Bill.

Tom sintió que sus ojos ardían y no respondió a su pregunta, únicamente formuló otra.

¿Puede curarlo? —la esperanza se decantaba en su voz.

El médico conocía a Tom perfectamente bien. Siempre había odiado su forma de ser, tan recatada y apagada, y esa dignidad suya tan callada que resultaba casi dolorosa, pero ahora en cambio sus ojos relampagueaban añoranza y estaban brillantes por la ilusión.

Haré lo mejor que pueda alteza, pero será doloroso para él, sobre todo ésta— dijo toqueteando delicadamente la piel de Bill alrededor de la herida del costado con sus manos suaves y llenas de arrugas, y, al hacerlo, mas de esa sustancia viscosa emanó de la piel inflamada y amoratada. Bill se quejó —tendría que haber sido suturada y lavada en el acto… — siguió examinando— hay por lo menos dos costillas fisuradas que habrá que sujetar, quizá haya más, y aquí — señaló el hombro desgarrado— aún no hay infección pero habrá que lavarla a fondo también con polvo de sulfa. El pecho está hundido por que hay una contusión severa en el diafragma que le causará dolor al respirar por algunos días. Además esta desnutrido y deshidratado—suspiró el médico, cansado incluso antes de comenzar— las heridas de su rostro tienen buen aspecto, con algunas pocas semanas de descanso y comida saludable, si le sobrevive a la infección, estará totalmente repuesto.

¿Y cuanto tiempo debe pasar… para saber si… bueno para saber…?— Tom no podía ni siquiera pensarlo.

Las primeras doce horas son las decisivas Alteza, si le sobrevive a la noche, puede considerar que está salvado. —Jean—el médico llamó a su ayudante— saca todo para una curación de emergencia y tratamiento para infección, fracturas y limpieza. Ojalá o sea demasiado tarde— le dijo y el joven profesional extendió el contenido del maletín en la mesita que le habían acercado—será mejor que lo despiertes Tom— se dirigió al príncipe. Era una de las contadas personas que podía tutearlo. Tom asintió y se acercó a Bill.

Hey, despierta Bill— pero Bill únicamente apretó los ojos y negó, no quería despertar, se sentía cómodo así, yendo a la deriva—vamos, solo será un momento y después podrás volver a dormir todo lo que quieras—le dijo tan cerca del oído que incluso lo humedeció atrapando el lóbulo entre sus labios y Bill abrió los ojos por puro reflejo, sin saber bien que estaba haciendo—ya está— y le sonrió para infundirle ánimos. — ¿Qué es lo que le hará? — preguntó Tom, bastante mosqueado al ver todo lo que se estaba preparando.

Había esponjas que parecían muy duras al tacto, cepillos de todos los tamaños, toallas que flotaban en una vasija llena de agua muy caliente, frascos y mas frascos de medicamentos, bolsas con polvos blancos y olorosos, y tantos vendajes como para embalsamar diez momias.

Hay que sacar toda la infección de su cuerpo, y eso le dolerá y mucho, toma haz que muerda esto— le dijo a Tom entregándole una bola de algodón humedecido en algún liquido de olor muy fuerte. — y ten preparado esto. — agregó, pasándole a Tom la botella de cristal esmerilado llena hasta el tope con whisky.

Tom obedeció con la adrenalina carcomiendo su sistema y abrió la boca de Bill, colocando el apósito entre sus dientes. No lo agradaba la idea de ver sufrir al pelinegro por eso se quedaría a su lado hasta que todo terminara.

Comienza Jean— el anciano médico asintió al joven ayudante y siguió con atención cada uno de sus movimientos, indicándole que fuerza usar y en donde hacer presión.

Cuando le llegó el momento de la curación, el joven pelinegro escupió el algodón y Tom derramó whisky dentro de su garganta como si fuese agua. No fue suficiente. Bill gritó hasta que no pudo seguir gritando y de sus ojos solo quedo visible un poco de blanco con ribetes plateados, y chorros de sangre y podredumbre brotaron de su cuerpo. Cuando todo terminó su herida fue cubierta con una cataplasma hecha a base de resina de pino y sulfa, lo cual servíaria para combatir la infección y le inocularon directo en la vena tanta morfina como para atontar a un caballo. Los vendajes de su torso se endurecerían y había que cambiarlos todos los días para obligar a cerrar las fisuras en sus costillas. El médico asintió satisfecho.

Oiga, ¿por qué no le hizo todo eso de la morfina antes de torturarlo así?—demandó Tom, furioso.

De nada habría servido muchacho, la morfina hubiese rodeado la infección y el dolor habría sido el mismo, pero tranquilízate, vi como brotaba la sangre limpia al final, ya no hay infección de momento y tengamos fe en que no vuelva.

¿Y qué hay que hacer ahora?

Esperar Tom y rezar porque el chico tenga la fuerza suficiente, ahora todo depende de él. Tendrá dolor y la fiebre quemara su cuerpo, tienes que mantenerlo frio. —el médico y su ayudante estaban ya listos para irse— ¿Qué hace el aquí Tom? — Se había aguantado esa pregunta durante toda la visita porque temía que el príncipe se enterara de la verdad— ¿sabes quién es él?

Tom encogió los hombros de manera casi imperceptible.

No lo había visto hasta hace dos días. Fue Andreas quien le hizo esto frente a mí, es la culpa creo— dijo Tom mirando sin pestañear a Bill.

Bueno, de acuerdo, nos retiramos y recuerda—advirtió con una mano en el pomo de la puerta— tiene que estar frio, si me necesitas sabes cómo mandar llamarme— y se fue, y entonces Tom y Bill se quedaron solos.

Al principio Tom no sabía qué hacer. “Mantenerlo frio”había dicho el médico, pero ¿Cómo demonios se mantenía frio a alguien? El no lo sabía, jamás se había ocupado de nadie que no fuera él, y ahora él tenía que velar por la seguridad de alguien más, pero no le importó. Lo estuvo pensando durante casi tres cuartos de hora, sentado de piernas cruzadas al final del colchón, con la mirada perdida en Bill. Incluso se planteó el meterlo a la tina con agua helada pero lo descartó en el acto.

Al final de tanto pensarlo, sólo le quitó el exceso de ropa y de sábanas, dejándolo desnudo del pecho para arriba y contempló su palidez fantasmal a la luz de la luna.

Lo que había empezado meramente como un capricho, ahora se había convertido en un autentico placer. Las entrañas de Tom se apretaban así mismas cada que lo miraba suspirar y entre abrir los labios. Deseaba probarlos.

Tom se acurrucó al lado de Bill, y éste apoyo su suave mejilla en el brazo del príncipe. Tom le observó un rato en la oscuridad, maravillándose con la mancha oscura de las pestañas que reposaban sobre la pálida piel. Apartó un sucio mechón de cabellos negros de su frente con el índice. Bill tenía un rostro hermoso y lleno de pureza. Tom extendió la mano y acarició los labios de Bill con la punta de un dedo y Bill sonrió en sueños. Finalmente acabó quedándose dormido junto a él en algún momento antes de amanecer.

El nacimiento de la mañana les sorprendió a ambos amontonados encima del colchón con los miembros enredados, los cabellos extendidos sobre las caras y las manos aferrando otras manos. Un rayo de luz solar rozó los parpados de Tom, y éste se removió y dejó escapar un gemido ahogado, pegó la boca a la garganta de Bill, despertando a medias de su sopor, pero aun quería dormir y sólo así, con sus labios succionando la piel ardorosa del pelinegro consiguió volver a conciliar el sueño.

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Todo lo que Bill sentía era dolor, dolor llameante y punzante que le atravesaba la columna vertebral y subía achicharrando todas sus células hasta consumirle el cerebro. Al principio se había sentido casi bien, aunque no tenía ni pajolera idea de donde se encontraba, solo sabía que la cama era cómoda y que la ronca voz que susurraba perezosa en su oído era lo mejor que había escuchado. Detrás de sus parpados podía ver galaxias enteras de estrellas de colores vibrantes y amaba sus formas, era algo alucinante, como mirar por un caleidoscopio, pero todo se había desvanecido en el momento en que unas manos húmedas presionaron su costado con toda la saña del mundo –o eso le pareció a él- y habían hurgado en su interior como parásitos hambrientos. Había querido salir corriendo, y escupir el liquido llameante que carcomía su garganta, pero estaba como aprisionado a una cama mullida y todo lo que pudo hacer fue gritar hasta que el dolor había disminuido, para dar paso a otras sensaciones. No sabía si soñaba, pero sentía una especie de almohadita muy suave y húmeda que mordisqueaba su pecho, sus pezones pequeños y subía por su cuello, al mismo tiempo que el aire frio le ponía los pelos de punta y la luna le acariciaba con sus manos frías, pero la sensación placentera-dolorosa lo consumía y quería más.

Permaneció acostado sin moverse toda la noche y hasta el mediodía siguiente. Sentía que la fiebre quemaba su sangre haciéndola bullir. Ardía viva y rápidamente hacia la muerte; pero después, al entrar la mañana menguó con lentitud y triunfó la vida. Recuperó el sentido hacia el atardecer, se incorporó de entre el nido de sabanas blancas, sintiendo que aún se le iba la cabeza. Estaba débil, tenía rígido el costado y se sentía envuelto en dolor. Sin embargo comenzaba a recuperar fuerza y la usó para tratar de ubicarse. Lo primero que vio fue un enorme vaso lleno de agua helada, lo sabía por la humedad que se condensaba en el cristal. Sin pensarlo lo bebió de un trago y la vida fluyó de nuevo por sus venas.

¿Hola? ¿Hay alguien aquí? — alejó las sabanas a patadas, y entonces se percato de que no llevaba más que unos pantalones cortos de algodón. — ¿Pero qué diablos? —aferró una de las sabanas y se envolvió en ella.

Caminó sobre el fresco piso de mármol, maravillándose al no sentir el dolor que recordaba haber sentido hacia tan poco tiempo, pero… se supone que debería estar en su casa, o en el muelle, no en una habitación tan grande como tres casas juntas, ni mirando el cristalino lago o unos prados tan verdes como el chartreuse que se vendía en la taberna a menos que…

Los recuerdos le azotaron con violencia. Recordó al príncipe, que lo había obligado a irse con él, su mirada oscura y penetrante, los gritos al capataz, la carreta que se bamboleaba, el dolor, las sensaciones y oh… se miró el pecho. Por encima de los vendajes tenía más de una docena de puntitos rojos y algunas marcas de dientes. ¿Cómo rayos no lo había sentido?

Por la santa inquisición, ¿Quién me ha mordido? — bramó y escucho una risa malévola que provenía desde una habitación contigua, donde se apreciaban un par de patas de tina, decoradas barrocamente. Se dirigió al sonido de aquella risa musical sin dudar pero se detuvo abruptamente al entrar.

El príncipe Tom estaba medio recostado dentro de la bañera, con el agua jabonosa azotándole el pecho desnudo en forma de pequeñas olitas. Bill retrocedió con los ojos abiertos como platos cuando el príncipe lo miró desde abajo hacia arriba, obsequiándolo con una sonrisa maligna capaz de paralizar el pulso.

¿Qué es lo que esperas? Ven aquí— ordenó, abriendo los brazos.

& Continuará &

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

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