Notas: Penúltimo capítulo de la historia. El Próximo ya es el epílogo. 😀
Este capítulo contiene violencia y escenas subidas de tono. 😮
CAPÍTULO 6. ASESINO REAL
—Recuerdo aquel día como si lo estuviese volviendo a ver.
»Aquellos cuatro plebeyos me rodeaban. Sus ridículas armaduras no podían compararse con la mía, pero aun así me habían derribado.
»Los miré débilmente a través de la diminuta rendija del yelmo y suspiré, suspiré profundamente un aire denso y caliente que hedía a la sangre que salía de mis dientes.
»Me iban a matar.
»La armadura me pesaba el triple, no podía mover ni el brazo ni la pierna derecha, solo sujetar mi daga ridículamente.
»Apenas veía a los hombres que me tenían cogido, pero me resistí a la muerte, luchándo una vez más por salir del agarre de los dos hombres, que me sujetaban con fuerza a pesar de que mis movimientos eran torpes y lentos. Los otros hombres me golpeaban los costados con la parte roma de sus lanzas. Sabían quién era y les daba igual matarme, pero no se lo puse fácil.
»Me seguí revolviendo en el barro, hasta que conseguí sajar a uno en la muñeca. Gritó. Pero su grito quedó ahogado por el de un caballo que cayó a nuestro lado, rompiéndose el lomo en el acto. Su jinete salió despedido hasta caer pocos metros más adelante, donde más enemigos clababan sus hachas, espadas, garrotes y guadañas.
»Aproveché el momento para liberar mi mano derecha, tomar la lanza, que volvía a mí, y mantenerla alejada de mi garganta. Puede que al final de todo me quisieran con vida. Pero yo vi el odio ciego en sus ojos, la sangre caerles por la cara congestionada en una expresión de ira demoledora que quiere consumirlo todo.
»No conseguí levantarme, pues me volvieron a tomar del codal y entonces una albarda me golpeó la armadura. Su punta mortal vino buscando la hendidura de mi gorjal para arrancarme la yugular, en mi defensa, solo pude mover el brazo izquierdo para tratar de evitar que el arma me arrebatase la vida.
»Pero la alabarda no llegó.
»Tiraron de mí violentamente, perdí el equilibrio y acabé tendido boca abajo contra el lodo. Intenté ponerme el pie, pero algo pesado cayó sobre mí, dejándome sin respiración durante un largo segundos tras los cuales, el peso, desapareció.
»Unos brazos recios me tomaron de las axilas para ayudarme a ponerme en pie de nuevo.
»Me giré hacia mi segundo escudero que me hablaba rápidamente, tomándome de las hombreras.
»Le miré sin mirar, ya que estaba viendo todo el campo lleno de barro, sangre, cuerpos y mi caballo con todos los órganos salidos.
»Agarré a mi paje de la pechera y le grité que me trajera otro rocín.
»No hizo nada. Le alejé de mi con un manotazo, fui hacia su caballo, decidido a montarlo e ir al flanco derecho. Entonces mi escudero me tomó del brazo, impidiéndome tomar las riendas y me gritó.
—¡Hemos ganado! ¡La victoria es nuestra! Las tropas se retiran, señor… vuestro hermano quiere que vayais al campamento.
»Me monté y clavé espuelas en el costado del animal que brincó ante mi furioso acometida. Mi paje me siguió gritando, pero no le escuché. Cabalgué allende los campos, esquivando soldados nuestros y del otro bando que huían despavoridos, solos, sin un brazo, saltando a la pata coja, otros tiraban de compañeros moribundos con el cráneo partido. Pero apenas lo veía, solo cabalgaba hacia la cima que se veía a lo lejos, donde los pendones de nuestro estandarte se agitaban con el viento y la lluvia.
»Las gotas se me seguían clavando en los ojos, sentía la boca llena de sangre y un calor húmedo, que caía, descendiendo por mi pierna, mi brazo y mi costado.
»Ya veía los pabellones de color verde.
»Seguí azuzando al caballo que no desistía y me llevó junto a unos árboles y un claro donde la tienda del rey se encontraba.
»Me apeé del animal cansado, que dejé sin paje, y me dirigí a la figura alta y escuálida de mi hermano gemelo, que con su túnica roja ribeteada con hilo de oro y joyas miraba el campo de batalla a través de toda una pendiente llena de tiendas en las que ingresaban soldados heridos y cadáveres.
»Tenía el rostro congestionado en una expresión que delataba su miedo: ceño fruncido, los labios entreabiertos y mojados, el pulso acelerado y los ojos húmedos.
»Me quité el yelmo que dejé en el suelo.
—¡Bill! —le llamé. Me miró consternado como si viese al fantasma de nuestro difunto padre ante él—. ¿Qué ha pasado? ¿Has proclamado la victoria?
Cuando le tomé por los hombros, noté que temblaba mirándome a los ojos como si no me reconociese.
—¡Vi mi rostro cubierto de sangre! —gemí.
—¡Soy yo! —le dije en un tono menos arisco para tranquilizarle.
—¡Veo como la muerte me arrebata todo lo que más amo! ¡No veo nada!
Se escabulló de mi agarre y corrió hacia la tienda, como si fuese un niño asustado. Entré detrás de él pero permanecí en la entrada.
—¡Bill! Deja de delirar, puedes oponerte a las visiones. —Me ignoró—. ¡Bill! ¡Hermano! —Se me cuajó la voz al verle en mitad de la habitación mirando a todos lados con las manos extendidas, como buscando algo. Me aproximé y le tomé las manos temblorosas, se asustó, intenté huir de mí, pero le sujeté con más fuerza—. Proclama la victoria.
—No merece la pena, yo ya soy inútil.
—Hazlo, hermano.
—Déjame —me dijo, moviendo los ojos de izquierda a derecha sin encontrar lo que buscaba—. ¡He dicho que me sueltes!
»Obedecí. Le vi ir despacio hacia donde estaba la cama, palpó la parte más próxima a él y comenzó a gatear hasta tumbarse, se tapó con las pieles y se quedó ahí, quieto, sollozando.
—Ya nada puedo hacer, ya nada puedo hacer.
—Proclama la victoria.
—Ya nada puedo hacer.
—Bill, no he combatido en esta guerra para que ahora perdamos por tu culpa.
»No respondió, estaba tiritando, pero en el pabellón, el dulce calor del fuego, hacía que estar dentro fuese acogedor.
»No entendía nada. Solo me importaba recoger lo que había sembrado, ver que el sacrificio de mi propio cuerpo y de mis hombres había merecido la pena. Pero al verle ahí sobre la cama, no podía sino sentir impotencia y un asco por sus achaques, sus delirios y su fragilidad.
—¡No he venido aquí cubierto de sangre, barro y mierda para ver cómo perdemos una guerra en la que llevo luchando meses! ¡Joder! ¡Si tú no vas a proclamar la victoria, lo haré yo!
»Obvié sus quejidos y me dirigí hacia el aguamanil donde me lavé la cara a conciencia. Restregué la mugre y mi propia sangre, dejando el agua casi negra. Me sequé el rostro, me miré en el espejo de su cámara donde vi una herida todavía sangrante y mi pelo, antes recogido, prácticamente suelto por mi frente con todavía restos de suciedad y de sudor. Me volví a secar la cara.
»Vi la corona en una mesa cerca de su cama, la tomé y la miré fijamente… era hermosa. La ceñí sobre mi frente con una lentitud ceremoniosa, hasta el punto de cerrar los ojos. En ese momento, mi hermano se viró para verme y vi su rostro cubierto de sangre, una sangre que caía por sus ojos vacíos, negros, pero que me miraban mientras gritaba:
—¡Yo nunca derramaría nuestra sangre!
»Y me fui tras coger la capa magna, roja, rojo real, con aquel blanco armiño que daba lástima tocar por el contraste entre su suavidad en mis callosas manos.
»Salí al exterior donde encontré al paje alarmado por los auxilios de su rey.
—¡Traed mi caballo! —le ordené. Él intentaba mirar dentro, pero me impuse antes de que pudiese si quiera mirar—. Traed mi caballo.
—Pero, señor…
—¡Es mi hermano! No es grave…
»Y seguí avanzando sobre el barro. El paje trajo al animal, un semental blanco como la espuma de mar que se erguía sobre sus patas traseras encabritado por su juventud. Me subí con su ayuda y cabalgué por el campamento gritando: ¡victoria!
»Alcé la espada de mi hermano, limpia de sangre, y proclamé la victoria delante de todos nuestros hombres, con los truenos sonando de fondo y la fuerte lluvia metiéndose en mi boca, mis ojos y mi nariz..
»Todos los hombres vitoreaban y gritaban ¡William! ¡William! ¡William! Y nadie se acordó de mí.
En la última celda y la más próxima a donde yo estaba, Thomas, duque, comandante de los ejércitos y hermano del rey, desde una hora narraba conmovido por un sentimiento épico y nostálgico, sus últimas batallas.
Un aplauso lento y sarcástico se elevó desde el fondo del pasillo donde un guardia andaba en su dirección. Las antorchas que crepitaban colgadas en las paredes, me permitieron ver el rostro curtido y maduro del hombre, que se puso ante la celda de Tom, quien le dirigió una mirada de asco.
El duque lucía deplorable con aquellas greñas morenas sudadas y pegajosas sobre su rostro barbudo. Se alisó una camisa teñida de sangre que iba sobre unas calzas oscuras.
Cada cierto tiempo pateaba a una de las ratas que intentaban trepar por sus botas huesas de piel de becerro. Por suerte, siempre escapaban con vida, huyendo en dirección al celador, que la reventó de un pisotón, para luego acercarse a la celda del hombre, que como un gato inquieto, daba vueltas en aquel cuarto diminuto para la grandeza de su persona acostumbrada a dormir sobre almohadas de plumas de oca y no sobre paja vieja, llena de pulgas, heces y alimañas.
El carcelero golpeó el barrote, haciendo que el preso se lanzase contra el metal, iracundo, buscando matarlo con aquellos ojos delirantes que se clavaban en el hombre.
—¡Me arteras al personal, duque!
—¡Necio! Si valorases tú vida me sacarías de este hoyo de mierda y me dejarías estar al lado de mi hermano.
—¿Para rematarlo? —preguntó.
Thomas suspiró cambiando su expresión de una que revelaba furia a unos ojos que infundían lástima.
—No sabéis nada… ¡nada! —Y se despegó del metal.
—Como vuelvas a contar una de tus historias te sacaré de ese hoyo para cortarte la lengua.
Hubo una estampida de ruidos procedentes de las otras cuatro celdas cuyos ocupantes se removían inquietos en ellas.
—¡Silencio! —dijo el carcelero cuando le sajé el gaznate, pronunciando un último quejido de despedida.
Thomas se giró inquieto en su celda, buscándome entre las sombras.
Dejé el cadáver en el suelo. El muerto desprendió un caliente hedor a sangre que me llenó la nariz. Rebusqué entre sus básicas ropas ásperas y desgastadas, una argolla con las llaves de todas las celdas. La encontré en un bolsillo exterior donde solo había cuatro llaves, probé con dos de ellas y a la segunda encontré la que necesitaba.
Thomas salió, me miró de arriba abajo y me espetó:
—¡Cuánto has tardado! Sácame de aquí, asesino.
Dejé el cadáver dentro de las mazmorras.
A lo sumo teníamos una hora hasta que alguien notase la ausencia, tiempo suficiente para guiar al duque hacia su destino.
Me seguía cauteloso, con mi segunda daga en la mano. Solo la había tomado por obligación, pues se notaba, por como la empuñaba, que le daba asco.
Esperamos a que los guardias pasasen para salir a la luz de las antorchas. Nunca pasábamos ante las celdas a menos que fuese necesario, ya que cualquier preso podría reconocerlo o armar jaleo solo por ver movimiento.
Llegamos a la sala de torturas en las que sospechaba que nadie nos buscaría. Thomas se paseó por la sala sin saber por qué lo había llevado hasta ahí. Se giró en mi dirección y bajó la vista hacia la delgada figura vestida de negro que yo era. Le dije que iba a atrancar la otra puerta porque saldríamos por el sumidero, lo cual provocó que le tuviese que dar explicaciones más detalladas, así que le expliqué que la mejor forma de salir era utilizando el disfraz de paje que había dejado para mí, pues era muy probable que notasen antes de una hora que él había abandonado su celda.
No conocía otra forma de salir que fuese más segura que esta. Nadie le buscaría en la sala de torturas y menos le buscarían en el sumidero.
Thomas miraba el agujero escavado en la piedra con indecisión.
La sangre coagulada rezumaba de toda su ropa e incluso de su propia piel. Saqué mi daga de la vaina y antes de que alertado por el silbido del acero se girase en mi dirección, le noqueé con todas mis fuerzas en la cabeza. Cayó al suelo, desorientado, luego me lancé sobre él que terminó acostado en el suelo, momento en el que aproveché para pasar mi brazo bajo su garganta y apretarle el cuello hasta que perdió completamente el conocimiento.
Cuando despertó estaba desnudo, atado en la cruz de madera en la que horas atrás, se encontraba la muchacha pelirroja de la cual ya no quedaba nada más que su sangre manchando la madera.
Tom parecía no entender lo que veía. Fijaba su vista en todos lados: el suelo de piedra desnuda, sus ataduras con cuerda gruesa y áspera que limaban sus muñecas, luego miraba las paredes, los recipientes de metal con carbón ahora encendidos y, por último, me miró a mí, delante de él, sentado en el suelo, abrazándome las rodillas con las manos. Me había quitado la capucha y el pañuelo. Acababa de acometer lo último que un asesino debía hacer.
—¿Sabes quién soy? —le pregunté.
—Un asesino de mi hermana, probablemente. —Tras esto escupió sangre—. ¿Qué más dará quién seas?
—¿No me reconoces?
Entonces Thomas me miró fijamente, observó cada línea de mi rostro con detención y finalmente me dijo:
—No te he visto en mi vida.
Bajé la mirada. Me acaricié las rodillas conmovido por recuerdos lejanos. La espina comenzó a removerse en mi pecho…
—¿Estás seguro? ¿Ni si quiera en Misericordia hace cinco años?
Thomas resopló irritado.
—¡Suéltame, ya, maldito bastardo! Sea lo que sea que te esté pagando mi hermana, te lo doblaré, no, ¡te lo triplicaré!
Permanecí en mi sitio, impasible a sus gritos y su cuerpo desnudo lleno de cicatrices y heridas mal curadas.
—No hay dinero con el que puedas pagar lo que me hicieron —le dije, mirándole a los ojos, unos ojos negros que se perdían tras unos cabellos alborotados que llenaban su cara de sombras—. Fue hace cinco años. Yo tendría por ese entonces dieciocho. Mis padres regentaban una posada donde atendíamos a gente de todas las condiciones, pero raramente a grandes duques, raramente al mismísimo rey.
El duque se removió entre las cuerdas.
—Juraría que podría olvidarme de todas las noches de mi vida, pero de esa… jamás.
»Todavía no era un ladrón de almas, como bien se me conoce, solo era un mozo que daba de comer los caballos y ayudaba a sus ancianos padres en lo que podía.
»Mi hermano mayor heredaría la posada, pero me daba igual, porque seguiría trabajando ahí hasta que reuniese el dinero necesario para ser criador de caballos o cualquier cosa que tuviese que ver con estos animales.
»Un día llegaron una docena de caballeros que pedían una comida caliente y quedarse a dormir en aquella noche de tormenta. ¿A quién se le puede negar algo así? Y más teniendo en cuenta lo cuantiosas que son las propinas de los nobles.
»Entraron en tropel, bebieron, se emborracharon, todo esto mientras el noble que iba al mando de la partida se recluyó en el mejor cuarto de la posada, de la que una hora atrás había sido echado un mercader con su amante.
»El noble pidió vino y yo se lo llevé tal y como mi madre me había pedido, entregándome una jarra y haciéndome señas que remarcaban sus órdenes. Subí por aquellas escaleras hacia la segunda planta, esquivé una de las tablas rotas y crucé el pasillo mal iluminado con velas de cebo hacia la habitación del fondo. Toqué. Escuché una voz queda que me decía “adelante”.
»Dejé el vino en la mesa, tal y como se me pidió, e iba a irme cuando el noble me requirió que me quedara. Debí sospechar inmediatamente, lo hice, pero yo no podía decidir marcharme porque eso no daría dinero y porque seguramente el buen señor solo querría, comer, por ejemplo.
»Me quedé quieto en mitad de la sala, demasiado fría, pequeña y simple en comparación con las habitaciones de los castillos de los nobles.
»Miraba mis zapatos rotos por los que asomaban mis dedos y esperé a que hombre ordenase.
—Siéntate a mi lado —dijo.
—¿Señor? —pregunté con la voz comida por el miedo que crecía en mis entrañas.
—No me hagas repetírtelo, mozo —espetó. Y me senté a su lado, en la cama, temblando.
»La paja se hundió bajo mi peso. Continué mirando el suelo, mientras escuchaba el vino cayendo en las tazas, luego anduvo en mi dirección y se sentó a mi lado.
—Bebe —me dijo poniéndome la copa delante del rostro. Rehusé con vergüenza y me obligó con el certero sonido de su espada siendo desenvainada. Pero la dejó sobre la mesa.
»Obedecí sumisamente, desesperado por salir de aquella habitación, pero mantenido dentro por un pensamiento inoculado desde la infancia: “debes ser un chico obediente”, “debes obedecer a dios y a tu señor.”
»Me terminé la copa. El alcohol amargo se me quedó en la garganta y en la nariz que dejó de captar el leve aroma a lavanda de la estancia.
—Mírame —me dijo. Alcé el rostro en su dirección, hacia mi derecha, donde estaba sentado un hombre sin armadura, con un jubón que jamás, ni en mis sueños, podría haber adivinado que se fabricaban, pues llevaba piedras engarzadas con hilo de oro en flores doradas, sobre las que reposaba un collar de oro sobre los hombros que resaltaba sobre el color rojo del jubón y las calzas oscuras de fina seda.
»Me tocó las mejillas, me hizo ponerme de perfil. Me abrió la boca con los dedos y cual caballo me miró los dientes.
»Hasta que no me lo pidió, no le miré el rostro. Tenía los ojos marrones más serenos que había visto en mi vida, había algo en su propia expresión… como un aurea dorada que rezumaba de su piel y le brillaba en los ojos de un forma difícil de describir. Supe en aquel instante que si no estaba ante un rey estaba ante un dios.
Hice una pausa en la que dejé de ver un rostro del pasado para verle a Thomas, que me miraba sin decir palabra.
—Bájate los pantalones —me dijo. Palidecí en aquel momento en el que por todo mi ser se levantaban los bellos de mis brazos erizados por un escalofrío.
Me quedé con la boca entreabierta, mirándole con los ojos dilatados, atónito. Asustado.
—No te lo voy a repetir —me dijo.
»Todo mi cuerpo empezó a murmurar, primero poco a poco, fue algo muy sutil, pero al final era una mano en mi pecho que me apretaba por dentro y expresaba con cada vez más contundencia que no. Que no me iba a quitar la ropa.
—Obedéceme —insistió, sujetando mi cara con fuerza, poniendo roja la piel de mi barbilla. Intenté alejar mi rostro de él pero me siguió exprimiendo la cara entre su gran mano. Sus ojos me traspasaban con la mirada, se clavaban en mi carne. Ni si quiera me deseaba o si lo hacía, no lo demostraba, solo quería tomarme, usarme, hacerme daño y luego dejarme.
»Alzó la mano y me golpeó la mejilla virándome el rostro hacia la ventana empapelada con lino encerado. En aquella posición, estando con la guardia baja, completamente desprevenido y avergonzado y con una punzada de dolor en todo el rostro y dentro, en lo más profundo, que me clamaba “ingenuo”, me tomó por la cintura y me echó boca abajo sobre el lecho. Quedé durante un momento completamente a su merced. Intenté darme la vuelta, pero sacó la daga, me agarró de los cabellos y poniendo el frío acero bajo mí yugular, me dijo en un susurro:
—Puedo cortarte el gaznate, bajar y quemar este abominable lugar o puedes dejarme que te folle y seguir con tu patética existencia. Tú elijes.
Apreté las sábanas, clavé mis uñas en la tela mientras me daba la vuelta para mirarle a la cara.
—Por favor, señor, dejadme —le supliqué. Pero no me soltó de los cabellos, sino que continuó mirándome a los ojos viéndome como carne caliente donde desatar su lujuria perversa. Se acercó más a mí, de manera que ya no pude mirarle a los ojos, pues su boca me acariciaba con su tibio aliento la oreja donde entraron sus palabras al mismo tiempo que la frialdad de su daga se envolvía con el calor de mi sangre.
—¿Es que no me has entendido, mozo?
Su olor me embargó los sentidos con aquel aroma a jabón, polvos y su propio olor mezclado el sudor del caballo.
—No cometas una estupidez.
»Y me apartó la daga del cuello. La lanzó lejos de mí, me soltó los cabellos y empujó mi cabeza con desprecio. Me quitó los pantalones. El aire frío mordió mi carne desnuda.
»Escuché cómo se quitaba el cinturón. El corazón se me aceleró, mi respiración era un jadeo, me temblaba todo el cuerpo, un nudo se me hizo en la garganta.
»Sentí cómo sus manos se posaban en mis nalgas, sujetándolas entre sus manos, apretando, clavando sus uñas limpias en mi carne, marcándome como al ganado. Metió su mano bajo mi camisa, palpó mi espalda acostumbrada al trabajo duro. Desgarró la tela con sus manos para luego echarse sobre mí y hundir su nariz en mi cuello. Respiró mi piel, me mordió el cuello.
»Apreté los ojos y todo se volvió más intenso. Su cuerpo caliente estaba sobre el mío, notaba su miembro palpitante bajo el pantalón. El asco me devoró por dentro. Todavía aquella situación me parecía demasiado irreal como para poder reaccionar, huir de sus besos urgentes, su boca que todo lo marcaba con su saliva caliente, incluso mi boca, que atrapó con sus labios carnosos.
»Envolvió mi labio inferior entre los suyos, succionándolos, para luego meter su lengua en mi cavidad y cubrir mi lengua con la suya. Cerré mis labios sobre los de él en el mismo momento en el que su mano dejó de acariciar mi pecho, recorrió mi espalda, llegó a mis nalgas donde su pelvis quedaba encajada, y con la mano libre se desató el pantalón, mordiéndome los labios, deleitándome con caricias con su izquierda bajo la camisa.
»Sentí su miembro desnudo. Clavé mis uñas en las sábanas. Colocó la punta de su miembro en mi entrada y me desgarró por dentro, como si estuviese hundiendo una daga en mis carnes.
»Debí haberme matado con tal de no sentir cómo me penetraba lentamente.
»Grité. Le miré mientras él se deleitaba en la estreches de mi cuerpo. Le supliqué que parece y lo hizo, solo para mirarme a los ojos, echarme su cálido aliento en mis mejillas donde se mostraba cómo el placer de su beso se esfumaba. Intentó volver a mis labios, pero rechacé su beso, hundiendo mi cabeza en las sábanas.
»Entonces me tomó por las caderas y comenzó a salir de mí lentamente. Le miré con desazón sin saber qué hacer. El pánico que me había arrebatado con sus labios volvió cuando sonrió de manera perversa, enseñándome los dientes, abriendo los ojos delirantes que a día de hoy todavía veo en mis sueños.
»Escuché la puerta abrirse de fondo. Me contorsioné hasta verla abrirse. El pánico se atenazó en mi garganta hasta el punto de exprimirme completamente la tráquea. No podía emitir ni un solo sonido.
»Horrorizado, busqué el rostro del hombre que acababa de entrar, suplicándole a los dioses que no fuese ningún familiar mío, ¡por dios! ¡Cuánto deseaba que ninguno supiese lo que mi señor me imponía hacer para salvar mi casa! Cualquiera de mis hermanas abría elegido la daga antes de sentir en su interior la hombría de un varón, pero, yo, cobarde, elegí venderme como una meretriz, elegí sus muslos, el vaivén de sus caderas, sus manos entorno a mi cintura, un dolor, un dolor interno, elegí que me desgarrasen por dentro, y no solo físicamente, sino mi alma entera escupida, manchada para siempre.
»El otro hombre no se dignó a auxiliarme a pesar de mis gritos que juraría que lo podrían escuchar todos, incluido los que estaban en la planta inferior, en su lugar, él se quedó ahí, bebiéndose el vino, sentado en la mesa, observando calladamente.
»Las embestidas se volvieron más rápidas y dolorosas. Sentía la sangre caliente caer por mis muslos. Salía de mí y entraba con fuerza. Sus gemidos se hacían cada vez más altos. Yo miraba la ventana, la noche, las estrellas a través de las lágrimas, mientras rezaba, mientras pedía perdón a mi familia por semejante humillación, mientras pedía a todos los dioses que me liberasen de mi abominable carácter débil. Me repetía que lo hacía por salvar mi vida y la de mi familia, pero tenía el presentimiento de que todo aquello había sido una burla, una farsa para tomarme sin que yo opusiera resistencia.
»Los gemidos de él se alzaban. El otro se había puesto a su lado, para mirar bien cómo me ensartaba.
»Yo ya no tenía uñas con las que asirme a la cama, ni lágrimas, ni voz con la que implorarle que parase, por favor, que parase, porque me estaba matando y aquella muerte lenta era peor que atravesase mi garganta con un cuchillo.
»Clavó sus uñas en mi piel, me desgarró mi piel blanca mientras su esperma caliente me colmaba por dentro. Sentí nauseas. Su gemido ronco fue lo último que escuché y entonces todo lo que sentí fue el frío de la sala, sus manos arreglando sus ropas, un calor como de fuego arderme en las entrañas y una necesidad vital de plegarme sobre mí mismo.
»Comencé a mover mis piernas, pero cualquier intento de moverlas era en vano.
»Me dolía todo el cuerpo. Las náuseas no tardaron en venir junto con el mareo. Se me nubló la vista. Solo podía escuchar sus voces.
—¿Esto era necesario? —preguntó el otro hombre.
Él no respondió.
—¿Qué piensas hacer con esto? —preguntó el otro hombre.
Él no respondió.
—Habrá que deshacernos de él —afirmó el otro hombre.
Él no respondió
»Aquel día no solo se deshicieron de mí, sino de todos nosotros. Mi casa dejó de ser mi casa, mis padres y mis hermanos quedaron atrás, yo desaparecí en aquella cama húmeda y sanguinolenta. Todo lo que fui, murió, pero nació la espina que hoy me pienso sacar.
Me levanté del suelo, Thomas me miró. Esta vez no con altives sino con algo cercano al temor naciendo en su mirada.
Me puse delante de su cuerpo desnudo, mirándole a los ojos, la nariz, las mejillas hundidas, la barba larga. Alzó el rostro y se encaró en mí como si tuviese las de ganar, se retorció en sus agarres y me dijo:
—Yo no fui —me dijo—. No recuerdo haberte visto jamás, ¿me oyes? ¡Es a mi hermano a quien buscas! —Chilló mientras le tomaba de los testículos para poner una daga de frío acero, la misma que tomó con asco, bajo ellos. Dejé que el silencio se abriese entre nosotros, mientras sentía su carne caliente, húmeda y palpitante en mis manos.
Le miraba a los ojos con la boca entreabierta, deleitándome en su mirada enardecida por el temor al dolor, la respiración acelerada, la sangre recorriendo su cuerpo frenéticamente.
No suplicó. Así que dejé que el cuchillo imitase el vaivén de sus caderas aquella noche, pero esta vez no de adelante hacia atrás, sino de derecha a izquierda, lentamente, sintiendo como la carne se separaba de su cuerpo, como la sangre caliente me empapaba la mano, caía el suelo y lo impregnaba todo con su hedor ferrugiento.
Thomas gritaba, gemía y, al fin, suplicaba. Tenía sus dídimos en la mano, se los mostré, provocando que temblase incontrolablemente en espasmos violentos al ver la imagen que le arrancó un grito absorbente que se derramó por la estancia como las lágrimas de sus ojos.
Arrojé sus genitales al fuego, continué con su miembro que sesgué sin tanta parsimonia.
El calor comenzaba a ser asfixiante, sus gritos me martilleaban las sienes y el hedor de su sangre me estaba empezando a turbar. Dejé su miembro en un lugar en el que él pudiese verlo, junto a la vara de castigo de la asesina.
Me miré las manos llenas de sangre y semen. Las limpié en sus ropas. Aquella sería la primera y última vez que mis manos tocasen unas telas tan suaves.
Me calé la capucha, coloqué la tela sobre mi nariz, me volví hacia el sumidero por el que volví a descender hacia las catacumbas, sintiendo en mí pecho una presión asfixiante producida por la espina, recién extraída, que supuraba una sangre coagulada, negra y hedionda por mi alma.
Notas finales: ¿Qué les ha parecido el final? Parecía que después del pobre Bill ya no iba a pasar nada más trágico, ¿verdad?