CAPÍTULO 3. SEÑOR DEL NORTE
Un relámpago que brilló en el cielo, me mostró el rastrillo elevándose en un quejido metálico que no conseguía silenciar los cascos de los caballos sobre la piedra. Voces masculinas se escuchaban desde fuera, haciendo que me alegrase, pues la entrada de un noble solo podía significar revuelo, que aprovecharía para entrar.
El estandarte morado con el jabalí negro solo podía ser de alguien, una eminencia en los ejércitos, consejero y amigo del rey, el Conde de Millcester, poseedor de más de la mitad de las propiedades del norte de Suburbia, y quien por el cariño y complicidad que compartía con los norteños, se había ganado el apodo de Señor del Norte. Corría el rumor de que el rudo y frío norte del país no se sublevaba contra su alteza dada la simpatía que le tenían al Conde Georg Listing, quien esta semana sería nombrado Lord Chambelán, título que todos creían que sería para el hermano del rey, cuya codicia era bien conocida, pues el año pasado había arrebato el título de Marqués de Rivers, convirtiéndose en el segundo hombre más rico del reino después del rey…
Miré a los guardias del rey con angustia, en sus rostros no había más que desdén. Nadie parecía percatarse de lo estúpido que era hacer una entrada como aquella en la noche sin nadie al que dejar admirado. Fue entonces cuando vi las cotas de malla bajo la sobreveste, lo cual me dio la pista de que aquel no era un séquito normal, sino un ejército en miniatura esperando órdenes para atacar.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo entero. ¿Estarían esperándome? ¿Sabrían de mis planes? Si lo sabían de nada serviría armar ese revuelo en el patio de armas pues con cinco hombres podrían abatirme. Aquello era un ejército de verdad, del lugar del que vendrían y a donde marcharían era un interrogante. Pero si iban a la guerra, no necesitarían más que una misiva del rey para partir.
Entre el griterío, el ladrido de los perros, los cascos de los caballos restallando contra el suelo de piedra, los alaridos de los pajes, las carcajadas de los soldados y la voz ronca del conde pidiendo cerveza de cebada, aproveché para salir por la puerta que conducía de las mazmorras reales, al patio.
La lluvia me recibió con los brazos abiertos, no así los perros a los que evitaba caminando con normalidad entre los caballos mojados que rezumaban un calor pegajoso.
Las puertas del castillo se abrieron, miré a mí alrededor, contemplando a los guardias que avanzaban por las almenas avistando los exteriores y los interiores del castillo; vigilando en el patio, con la capucha calada y la mano en la empuñadura, a los recién llegados mientras el mayordomo de palacio dirigía a los caballeros del conde a los interiores.
Tenía que decidir rápido entre guarecerme donde los guardias o adentrarme siendo parte de un séquito nobiliario. Opté por seguir moviéndome entre la gente, viendo las antorchas chisporrotear cuando una gota caía entre las llamas, la piedra negra donde crecía la madreselva mojarse por una lluvia que igualmente caía sobre los soldados, caballos y loberos.
Iba a salir del grupo de hombres armados cuando vi a una doncella deshacerse del agua sucia en el muladar entre las cuadrigas y la herrería. Aquella puerta estrecha conduciría a las dependencias de los monjes y era mi mejor baza para seguir adelante con el plan, pero ante mí, un noble descendió de su caballo, cayendo pesadamente sobre el suelo, obligándome a detenerme abruptamente ante aquella mole de metro setenta y nueve de músculo amasado en el combate, ataviado de piel de ciervo y lobo como manto, cota de malla sobre la que se extendía una armadura de placas de acero y piel, que por su estado trabajado y orlado solo podía pertenecer a Georg de Millcester.
Palidecí al tenerle ante mí: al ver su cabello castaño rojizo empapado caerle hasta el hombro donde se mezclaba con trenzas y cuencas propias de ciertas zonas tribales del norte y con la barba larga de varios días que jamás nadie había rasurado, y que tanta fama tenía porque se decía que quien consiguiese vencerle se podría ornamentar un manto con su propia barba.
Retrocedí espantado ante sus ojos verdes que relucieron bajo un rayo que nos iluminó a todos, agitando a los animales que ladraban y soltaban relinchos al cielo, sabiendo mejor que nosotros que bajo las nubes hinchadas de lluvia no se debía estar.
Él no dijo nada. Solo me escudriñó con la mirada, pareciendo reconocerme, pero sin saber ubicarme. Era imposible que me hubiese visto antes, pero aun así me digné a hacer la peor reverencia que habría recibido con diferencia.
No me quité sus ojos verdes relampagueantes ni cuando la oscuridad se ciñó sobre mí. El frío también me había calado hasta los huesos, por lo que temblaba levemente incluso cuando me puse cerca del fuego para entrar en calor.
Dentro no se escuchaba nada.
Aquellas cámaras era donde se reunían los hombres de los dioses. No eran muchas y estaban bien provistas, pero las mejores eran las cámaras de los nobles que servían directamente al rey y a sus allegados.
Recorrí las cámaras con precaución, sabiendo que dejaba un rastro de gotas de agua tras de mí. Antes de salir del corredor hacia el pasillo de las cámaras, me giré con la sensación de que sus ojos verdes estarían al final del pasillo, acechándome… pero no había nadie.
El pasillo estaba bien iluminado, lo cual me hacía sentir intranquilo, pues un hombre de mi estatura y con mis ropas negras llamaría mucho la atención. Me introduje en una de las estancias, tras probar con algunas aleatoriamente y encontrarlas cerradas. Necesitaba reemplazar partes de mi vestimenta mojada, pues la seca se encontraba en el lugar por el que debería haber salido (en algún lugar de las mazmorras) si no me hubiese desviado levemente.
Al parecer, mis compradores estaban bien informados de la arquitectura del castillo como para poder saber dónde dejarme un alijo de provisiones, pero mi prioridad ya no era encontrarlas, a pesar de que ahí podría haber encontrado más indicaciones o algún atajo, por ejemplo, pero todo aquel plan se desbarató cuando decidí obviar la luz y hacer reflexiones espinosas.
No había nadie en la habitación y eso era peor, pues si alguien entraba mientras yo estaba ahí dentro o alguien me encontraba al salir, solo podría hacer dos cosas: noquearle o rechazar la misión al menos por esta noche y exponerme a no poder realizarla, pues si me veían, tendría que olvidarme de la corona durante al menos una estación. Pero como nada de aquello iba a pasar, me quité la hombrera de cuero, los guanteletes, el cinturón donde llevaba las dagas en su vaina y las botas, para luego deshacerme de la capa empapada, el jubón, la camisa y el pantalón que se encontraban demasiado mojados como para no llamar la atención. En la estancia encontré suficiente con una camisa oscura seca y unas calzas (demasiado prensadas para mi gusto). Solo faltaba la capa, pues el resto de las piezas de la armadura y mis armas eran material imprescindible para todo buen ladrón que se precie.
Salí de la estrecha estancia con un cuidado inusitado, temiendo que el dueño de la cama viniese. Eché un vistazo fuera de la estancia por un diminuto hueco que abrí entre la puerta de madera desgastada y mal engrasada y el pasillo de piedra húmeda bañada por una luz anaranjada procedente de los rescoldos.
Dos doncellas pasaron por el pasillo sin mediar palabra, caminando rápidamente por los estrechos corredores mientras llevaban sábanas sucias. Era una hora poco común para tales labores pero no le di mayor importancia al asunto y salí cuando doblaron el pasillo, aprovechando cualquier oportunidad para deshacerme de mis ropas mojadas.
Caminé por los pasillos hasta hallar una habitación vacía de cama de paja amplia, fogón encendido y baúl abierto en el que unos pajes habían depositado diversos artículos de vestimenta entre las que hallé una capa raída perfectamente usable. Cogí la capa poniéndome la capucha y encubriendo mi rostro con una tela negra desde el puente de la nariz hasta la barbilla.
Las escaleras estaban delante de mí, pero unas voces de mujer se aproximaban. Me introduje en la habitación velozmente, cerrando la puerta al entrar. Los pajes llegarían enseguida, les escuché decir que había algo de vino de malvasía en una jarra olvidada por algún guardia despistado. Me puse contra la puerta, con la mano posada sobre la empuñadura de cuero de mi daga, la espalda erguida, las orejas tensas y la mirada fija en la manilla de la puerta, esperando a que alguien la girase, sabiendo que si mataba a quien fuese que intentara entrar, mi misión habría fracasado, pero la espina… ¡la maldita espina solo me susurraba al oído que sujetase la daga!
—Le dije al niño que no comiese tanto…
—¿Y qué te dijo él?
—Que yo no era quien para darle órdenes y mira…. Ahora está vomitando.
—Ese niño… no hace… siempre igual.
Las voces comenzaron a hacerse cada vez más difíciles débiles hasta que ya casi desaparecieron. Permanecí unos minutos en posición, esperando encontrar otro ruido pero solo chisporroteaba la vela prendida en la mesa de noche, la miré por un segundo en el que retiré la mano del arma y me dispuse a darme la vuelta cuando escuché un sonido metálico a mis espaldas. Giré sobre mis talones y me aparté de la puerta hasta apoyar mi espalda contra la pared. Vi como el portón se movía en mi dirección hasta el punto de casi rozar la madera con la nariz, entonces, tras un breve momento, volvió a descorrer el camino trazado.
El monje que acaba de entrar no tendría más de diecisiete años. Sería probablemente un ayudante de sacerdote, poco importaba pues desde el momento en el que se girase tras cerrar la puerta me vería.
Era el momento de atacar.
Tomé la daga con la mano derecha, esperé a que se cerrase la puerta que emitió un quejido sordo. Resopló de indignación y se giró con un libro en la mano en dirección a la cama. No había dado ni dos pasos cuando el afilado acero mordió la vaina propagando su silbido por el aire, alertando al muchacho de que no estaba solo. Dos pasos nos separaban, su mirada dilatada en horror derramaba su miedo al mismo tiempo que el libro caía, silenciando el sonido que hizo el muchacho cuando puse violentamente mi mano en su boca, arrancándole su último aliento, antes de caer desmayado bajo el golpe de la empuñadura contra su frente.
Cayó en mis brazos completamente inconscientes. Levanté la cabeza al instante para encontrarme con la puerta cerrada. La miré con precaución, sabiendo que alguien podría haber apreciado la caída del muchacho o su grito ahogado. Nada pasó. Todo siguió en silencio, por lo que me dispuse a dejar al muchacho en la cama, con una brecha escarlata en la cabeza, prueba de que yo había pasado por ahí.
Acababa de cometer un terrible error. No debí dejar que el joven me encontrase, pero tampoco debía entrar al castillo por aquí, ni haberme perdido por las catacumbas… debí entender que desde que me atreví a entrar a través de las mazmorras, mi misión estaba destinada al fracaso. Pero la espina me decía que no, que aún había tiempo, como una hora antes de que se despertase y diese la voz de alarma. Abrí el baúl del monje y encontré camisas que usé para cerrar su boca e inmovilizar sus extremidades. Luego le tumbé tras la puerta, intentando así retrasar lo inevitable. Miré al muchacho fijamente, asegurándome de que estuviese desmayado, luego recogí la palabra de los dioses y mi forma de pasar desapercibido se me hizo tan obvia que me sentí idiota.
Salí de la estancia con los hábitos de monje puesto, sin preocuparme por ser descubierto, pues los corazones jóvenes latían con más fuerza por la noche y necesitaban desahogarse en el rezatorio… aun así había algo amargo que me mantenía alerta, vigilando la puerta cerrada, las escaleras por las que ascendían las doncellas con sábanas limpias y jóvenes cargando barriles de vino.
Mi suerte estaba echada y con mucha, mucha rapidez conseguiría mi propósito antes de que me hallasen. La huida era una opción que no estaba dispuesto a tomar porque esto ya es una cuestión de orgullo. En cinco años nadie me había encontrado con las manos en la maza robando cosas más valiosas que la tiara de un rey. Yo, Gustav de Misericordia he robado los delicados códices de los magos, lágrimas de sirena, cetros de elfos y martillos de enanos y nadie en ese tiempo se había enterado si quiera de la posibilidad de que un ser como yo le hubiese podido robar. Sin embargo, hoy día primero de mayo me encuentro cometiendo todo lo que un ladrón no debe hacer: infiltrarse en un castillo custodiado sin planos, sin arco, sin haber explorado los interiores, sin conocer la gente, abierto a todas las posibilidades, desconociendo la rutina del rey, la corte… mal, mal, mal, todo mal.
Pero todo sea por terminar una venganza, aunque me llevase a mí también a la tumba.