Notas: Este es solo un poquito más largo. 🙂

CAPÍTULO 1. EL HOYO

La noche se había cerrado hacía horas, la luna se dejaba ver tímidamente entre las callejuelas que con pies ágiles y sigilosos crucé a toda prisa intentando dejar el menor rastro auditivo cuando salí de mi escondite junto al mercado negro allá por la zona sur tras la muralla.

Había estado lloviendo desde que llegué y dado los charcos y la humedad, mis ropas de cuero negro se habían perlado bajo aquella brisa. Intentar guarecerme solo retrasaría mi tarea y dada la distancia de la que yo estaba del castillo, tardaría casi dos horas en llegar, así que me deslicé por las calles, atajando por callejones estrechos por las que no había pasado antes y otras más amplias donde arcos de piedra guarecían las casas de aldeanos lo suficientemente acaudalados como para permitirse vivir intramuros…

Todavía recuerdo la casa en la que me crie en el pueblo de Misericordia donde una vez mis padres y mis dos hermanos vivieron…

Rechacé aquellas imágenes de mis parientes cuando estuve bajo un altísimo puente de piedra que conectaba el castillo con la muralla el cual solía proteger a los aldeanos de la lluvia o el sol cuando se reunían en el mercado de la zona oeste. Contemplé aturdido aquella mole de piedra sobre la que se veía una titilante luz de antorcha que desde donde estaba no parecía más que una pequeña luciérnaga perdida. Tan alto era el puente que podría rasgar las nubes, tan alto era que lo comparaban con un dragón, era tal su extensión, resistencia y magnificencia que decían que había sobrevivido a tres asedios sin quebrarse bajo ningún hechizo de destrucción perfecto para socavar murallas como las que circundaban la ciudad.

Me guarecí bajo la intensa luz negra que propagaba aquel monumento. Alcancé la parte baja del muro y alcé la vista, buscando alguna diferencia entre el cielo azul encapotado de nubes anaranjadas y el negro ser que silencioso me cubría con su cuerpo pétreo.

Miré en ambas direcciones para ver la calle vacía de gente y llena de agua. Me acuclillé en el suelo y saqué del interior de mi jubón de cuero verde, roto por los costales, el mapa cuyo carbón se había diluido con los trayectos pero que aún era legible. Admiré, bajo la luz de una antorcha que alumbraba el puesto de un guardia, la cruz que señalaba una entrada oculta frente a mí, junto a un antiguo sistema de alcantarillado que había dejado de funcionar hacía siglos y cuyo conocimiento pondría en peligro la vida del rey dada la facilidad con la que un asesino podría colarse por ahí… lástima que no fuese un asesino, ya que por matar a un rey se cobra el triple que por robarle…

 Guardé el mapa y recorrí la distancia que me separaba del otro lado en unos segundos claves para mi vida porque en aquel momento escuché los tintineos de la cota de maya de un soldado que habría ido a aliviarse su vejiga harta por el vino caliente especiado que habría de evitar que el frío le calase los huesos.

Llegué al otro lado con la respiración entrecortada por la carrera, deseando que aquel guardia no me viese de refilón cuando la antorcha me delatase con su luz naranja. Bajo ella y donde estaba indicado no había ni rastro de una apertura. Un escalofrío trepó por mi espalda, al mismo tiempo que el pulso se me aceleró vertiginosamente. Me la habían jugado… lo sabía… me habían engañado…

En cualquier momento el guardia se giraría y me vería a mí con el cuerpo menudo pegado a la pared, aguantando la respiración en un intento por no ser descubierto. Miraba con desazón al hombre sentado en una silla maltrecha que daba justo hacia mi dirección. Tenía ambas manos posadas en su cabeza clavándose los codos en las rodillas. Estornudó. Se levantó precipitadamente y fue hacia la izquierda sin fijarse en mí, entonces, busqué algún punto de presión pero me abstuve de recorrer toda la pared con los dedos, ya que podría tardar horas en hallarlo. Me distancié para ver con perspectiva el problema que ante mí se planteaba y solo hallé una solución posible.  Me lance contra la pared iluminada nada más percibir un leve tintineo lejano que me recordó que mi amigo el guardia podría aparecer en cualquier momento.

Miré la antorcha que pendía sobre mi cabeza y seguí el brillo de la luz hasta el suelo en el que hinqué una rodilla para ver desde cerca la barrera mágica que algún listillo había puesto para camuflar el agujero que había en la pared. Tanteé con la mano izquierda los ladrillos falsos que dejaron traspasar mi mano. Me encogí todo lo que pude y gateé al interior antes de que el soldado pasase. Me quedé agazapado en aquel hoyo oscuro y pegajoso, hogar de ratas y bichos.

Aquel túnel subterráneo debía llevarme al patio de armas del castillo, pasando bajo el puente, la muralla y las caballerizas hasta las mazmorras del castillo donde tomaría la vestimenta de un sirviente para adentrarme en los aposentes del rey.

Un camino oscuro y angosto se abría ante mí. Se encontraba infestado de cucarachas que años atrás me habían dejado de dar asco para compartir con ellas una secreta piedad que me hacía no matarlas nada más verlas y solo las espachurraba entre mis manos cuando, como ahora, una me trepaba por el pecho. Pero hoy, por alguna extraña razón, estaba más piadoso que de costumbre y solo me limité a cogerla por las antenas y depositarla en el suelo, pues a fin de cuentas estaba invadiendo su morada.

Continué caminando completamente agachado, sintiendo de vez en cuando un calambre en la rodilla que se había acostumbrado a caminar erguida y no doblada. Había pasado demasiado tiempo en la taberna y no tanto entrenando… maldito sea mi maestro ¡qué razón tenía el muy canalla cuando quería!

 

Avancé presintiendo que el hueco había llegado a su fin, ante mí, una pared  y debajo una boca negra se abría y por la cual no se podía trepar para descender, solo aventurarme pudiendo partirme en dos y hallar la muerte. Tragué saliva. Miré hacia atrás y vi la luz naranja de la antorcha propagar luces cálidas por el hueco. Mis ojos, ya habituados a la oscuridad, se adolecieron… luego miré abajo y supe que debía valérmelas de hechizos inmundos para conseguir ver algo en aquella negrura. Me maldije por no haber tomado más clases de hechicería y salté al vacío pensando en lo mucho que me estaba arriesgando en esta empresa para solo sacar de ella una espina clavada en el corazón durante más de cinco años.

Notas finales: Espero que les haya gustado y que me digan si les ha gustado o no, si hay algún fallo, lo que sea, todos los comentarios serán bien recibidos. 😀

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