& Capítulo 13 &
Tom llegó a Hamburgo en primera clase de una aerolínea comercial, seguido con toda la discreción del mundo por su pequeña escolta, ya que los odiaba, y Bill arribó a la misma ciudad en el jet privado de su padre, también con una escolta pequeña y sin ningún miembro de cuidado.
El psicólogo y el chiquillo habían jugado muy bien sus cartas, casi como un par de espías inquisidores. Georg había logrado camuflar su nombre tras el de uno de sus colegas para que no apareciera en el programa, porque Bobrikov lo habría reconocido al instante, mientras que Bill, actuando un poco y chantajeando otro poco mas, había logrado que su padre lo enviara, todo preocupación, a la convención anual más importante de salud mental.
Bill no se podía estar quieto mientras el jet con su casi imperceptible ronroneo sordo en las turbinas, volaba hacia Hamburgo. Ahora que estaba allí todo le parecía curiosamente irreal. Vería a Tom. ¡A Tom!
—Dios mío, voy a casa… con mi familia…— le resultaba francamente increíble. Sólo el pensar en volver a ver a Tom… ver su profunda mirada cargada de oscuridad, su sonrisa lobuna, su genio, su ingenio…
Le costaba incluso respirar bien. Pero con la emoción venían las dudas. ¿Qué, si Tom lo odiaba por lo que había pasado? El disparo, la huida, la distancia. Bill se decía a si mismo que Tom estaría en todo su derecho si lo odiaba, y si eso pasaba, sólo se contentaría con verlo, aunque fuera furioso, para constatar por el mismo que su músico estaba bien. Y sólo quería eso. Tantas emociones bullían en su pequeño cuerpo… se sentía traicionado por el mismo y lloraba por tanto que sentía. Vida, emoción, incertidumbre, pena, alegría, dolor…
No era más que un chiquillo enamorado.
El Jet Bobrikov, oculto tras una inocente fachada empresarial, llegó puntal a un pequeño hangar privado, y todo fue rápido. Bill era experto en asumir el control sobre el personal de su padre, siempre que no se tratase de Gustav. Sin hablar, trasladaron su equipaje del avión a la camioneta negra que los esperaba y se pusieron en marcha al edificio Eppendorf. El chiquillo miró de manera fugaz el reloj en la pantalla de su teléfono celular. Marcaba las diez en punto de la mañana, y según los cálculos que había hecho muy meticulosamente con Georg, deberían estar juntos en tan solo cuarenta y cinco minutos. Y de momento prefirió no pensar en Tom, su cuerpo no aguantaría para tanto.
Cuarenta y cinco minutos exactos después, Bill arribó con su séquito, integrado de tres custodios al lugar en donde se vería con Georg. Siempre en silencio, caminó al lobby del edificio y ordenó que se le esperara ahí, de modo que él solo recorrió los pasillos, subió en ascensor y en el sexto piso salió. El pasillo en el que estaba era angosto, todo del tipo de una institución mental, y estaba bordeado por muchas puertas de madera, todas idénticas, pero con placas medicas que tenían los nombres de los psicólogos que estarían consultando en aquel evento.
Finalmente, el chiquillo llegó a una puerta idéntica a las demás, cuya placa rezaba “Hans Gessmann, psicólogo” y entonces recordó lo que le dijera Georg:
Bill, mi nombre no aparecerá en el programa ni en ningún lado, estaré bajo el nombre de Hans Gessmann, encuéntrame en el sexto piso, puerta 302.
Y ahí estaba, le sudaban las manos y el corazón golpeteaba furioso contra sus oídos, incluso una gotita de sudor resbaló por su sien izquierda. Ver a Georg significaba realidad, porque últimamente todo lo vivido con Tom le parecía un sueño muy, muy lejano.
Llamó tres veces, y esperó tan solo un par de segundos, antes de que una silueta alta, de cabello castaño y fulgurantes ojos verde musgo, húmedos y alertas, le abriera la puerta.
Bill parpadeó, deslumbrado de momento por el resplandor que le parecía, envolvía a Georg. Le parecía tan alto, tan limpio, tan seguro de sí mismo, vestido totalmente de negro y con esos ojos que centelleaban como dos piedras preciosas.
—Hey Bill— saludó, con una sonrisa cautelosa, pero genuina— adelante, no te quedes ahí parado.
El psicólogo casi remolcó a un petrificado Bill dentro del consultorio y miró a ambos lados del pasillo antes de cerrar la puerta. Ninguna precaución estaba de más.
El chico se quedó de pie al centro del lugar, más bien reducido. Había una pequeña cocineta blanca, con estantes llenos de víveres en sus cajas, una pequeña estufa de vitroceramica con horno, un lavavajillas, una nevera color cromo, y un horno de microondas del mismo color. Del otro lado del lugar había una mesa de cristal con seis sillas y un lindo florero en la superficie, un estante repleto de libros pesados y de tapas coloridas, y que en realidad parecían muy aburridos. También había un sofá muy al estilo de un psicoanalista, de mullido cuero negro, con una simpática mesita de cristal al lado, y al fondo se apreciaban dos puertas, cerradas. Bill adivinó que alguna de ellas sería un baño.
—Relájate Bill— dijo Georg al pasar por su lado indulgentemente, y Bill se dio cuenta de que estaba incluso reteniendo la respiración, y entonces dejó escapar el aire y relajó su postura. — ¿lo ves? Así está mejor ¿quieres algo de tomar?
—Eh… si — apenas un murmullo.
Georg abrió la nevera y sacó un par de latas color verde claro… y el rostro de Bill se iluminó.
—Se que este jugo es tu favorito— dijo, pasándole una de las latas— y si te soy sincero, desde aquella cena, me he vuelto un fanático de él.
—Gracias…—Bill no dijo nada mas, no podía, así que solo tomó su lata, la abrió y bebió sorbitos helados y dulces que ayudaron a que se esfumara poco a poco el nudo que tenía en la garganta.
Estaba nervioso, no se podía engañar a sí mismo, tenia tantos nervios que incluso empezaba a sentirse mal del estomago, pero pensó que eso era patético así que se obligó a distraerse mirando por la ventana y hacia abajo, a la vida que se movía en Hamburgo como si se tratara de una colorida y enorme colonia de hormigas. Meditaba profundamente, no como un niño suele hacer, sino un poco más profundo. Miraba los autos ir y venir, a las personas hacer su vida quizá cotidiana, preguntándose qué pensarían, a donde irían, que mas harían aquel día en el que él se reuniría con la persona que se había convertido en todo su mundo.
Gracias a su experiencia e intuición, Georg adivinó que no era el momento para hablar con Bill, de sentarse frente a él y mirarlo, de hacerle preguntas y observar sus reacciones, le habría gustado hablar muy largamente con el niño, ahora que él y Tom sabían un poco más de su pasado, pero no podía, Bill seguía siendo un menor de edad, así que se distrajo en actividades banales como sacar algunas cosas de su maleta, conectar su computadora portátil al enchufe más cercano y revisar algunos papeles.
Y eso fue todo, Bill se relajó lo suficiente como para comenzar a mirar a su alrededor, levantarse y finalmente comenzar a hacer preguntas, como cualquier niño de su edad.
—Humm… ¿Georg?
—Dime, Bill— preguntó el psicólogo con la nariz clavada en un libro, se había colocado unos anteojos de armazón negro delgado, y tenía un aire intelectual y un poquito enigmático.
— ¿Vendrá…?— su voz tembló y no pudo pronunciar el nombre de su músico.
Georg suspiró, se subió los anteojos sobre el sedoso cabello y miró a Bill con una mezcla de ternura e irritación.
—Llegará por la tarde, primero va a llamar… mira, voy a serte sincero Bill, Tom estuvo a punto de no venir, tuve que rogarle prácticamente así que viene muy escéptico. No me parece muy buena idea que te vea enseguida, pero conociendo a mi amigo, si te escondo cuando el llegue, se pondrá como el infierno.
— ¿Entonces qué haremos?
—Vamos a improvisar sobre la marcha, Tom es un toro al que no se debe torear, pero si lo toreas, lo debes agarrar directamente por los cuernos, nada de evadirlo o es mil veces peor.
Bill no respondió, y su semblante adquirió un aire terriblemente preocupado.
— ¿Qué pasa chico?
—Los custodios que están abajo ¡lo van a ver!
—No, tranquilo— Georg estaba muy sereno, quizá demasiado considerando a quien tenía frente suyo— Tom siempre entra por las puertas traseras, odia ser visto así que estará bien.
— ¿Estás seguro…?
—Muy seguro, lo conozco desde hace muchos años, así que trata de relajarte. —Georg miró el reloj, se levantó y descolgó el teléfono. Bill ya no prestó atención, se enterró en el sofá hecho un ovillo, comenzó a soñar despierto, y, tras unos minutos, se quedó dormido, con la nariz llena de suspiros blancos.
Georg lo despertó una hora después, pasando los dedos por su pálida frente, fascinado al ver como el chiquillo entreabría sus ojos de topacio, brillantes, mojados y adorablemente confundidos, y el psicólogo comprendió entonces porque Tom había perdido la cabeza por él.
—Despierta chico— susurró —es hora de comer.
Minutos después, ambos estaban sentados a la mesa de cristal que estaba junto a la ventana, disfrutando un humeante plato de salmón al horno con queso fundido y una ensalada fresca y mojada. A Bill no le gustaba mucho el salmón, tenia nauseas. Comieron en silencio, mirando por la ventana, sumidos en sus pensamientos, aunque la mirada ciprés de Georg no se apartaba por más de dos segundos de la silueta menuda y pálida de Bill, quien comía sin apetito, con el semblante preocupado, y el psicólogo frunció el ceño.
Cuando terminaron, Georg dejó los platos en el lavavajillas, volvió a sus archivos y Bill se sentó contemplando el paisaje, un atardecer dorado y cálido que bañaba de oro toda la ciudad a sus pies. Justo en ese momento, el teléfono celular de Georg comenzó a vibrar impaciente sobre la mesa, y el corazón de Bill dio no solo uno, sino toda una andanada de vuelcos. Estaba seguro que era Tom, era la llamada que habían estado esperando…
Georg se quitó los anteojos y se llevó el teléfono al oído de forma mecánica. Bill contenía la respiración
—Hola Tom— saludó, mientras gesticulaba hacia Bill para pedirle que no hiciera ruido. —Si, donde te dije… Aquí estam…estoy, ¿en qué tiempo llegas?— silencio— muy bien… nos vemos aquí entonces. —Georg colgó y miró enigmáticamente a Bill. —Llega en cuarenta minutos…
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Más avanzada la tarde, Tom parpadeó detrás de sus gafas de sol hacia un muy brillante atardecer. Como era un hombre práctico al que no le gustaba para nada llamar la atención sin motivo, refugiado además por una gorra y una chaqueta enorme, abordó un taxi del aeropuerto y le dio la dirección del sitio donde se encontraba su amigo: edificio Eppendorf.
Había logrado burlar al par de chiflados que lo seguían. Sentía algo en el ambiente, sentía que vivía el preludio de algo, y de algo además grande, su intuición era despierta, pero el músico no tenia deseos de lidiar con ella. Además sentía frío, cuando abandonó la atmosfera cálida del interior del taxi, y después de sacar su pequeña maleta del maletero, se quedó de pie sobre la acera. El sol estaba ya casi totalmente oculto, y el músico solo se quedó de pie, saboreando aquel ocaso de frío picante que le acariciaba la nuca, y observó a su alrededor la corteza de mugre acumulada en la cuneta, los resplandecientes escaparates de cristal y la nube de vapor que parecía hervir sobre la reja del alcantarillado, retorciéndose como un fantasma mortecino entre gris y blanco, y que proyectaba un aura de irrealidad sobre todas las cosas. Su intuición se acrecentó. Se apresuró hacia el callejón que llevaba a la entrada trasera del elegante edificio, el cual no compartía la misma elegancia, pero Tom no echo ni un vistazo a la desolación que se alzaba a su alrededor, el siguió, sintiendo como se le aceleraba el pulso.
Justo en el momento en que presiono el botón con el número seis del ascensor, estaba casi sin aliento, así que se obligó a calmarse, respirando profundamente. Solo iba a ver a su mejor amigo, no habría nadie más… ¿o sí?
En realidad no lo sabía, y el no saber, lo exasperaba. Últimamente se sentía más irritable, más explosivo, mas iracundo, estallaba ante la situación más pequeña e insignificante y no quería seguir así; no sabía ya si era por él, era por el chiquillo, era por su hermano trágicamente fallecido o tal vez por todo, solo que aun no encontraba como calmarse, porque solo percibía un vacío helado en su oscuridad, el éter, ese lugar que producía aquella inexplicable sensación a hueco y soledad; y cuando eso le sucedía, el músico escarbaba en su cabeza, muy poco en verdad, hasta evocar la sonrisa de Bill y el brillo de sus ojos… y continuaba preguntándose si algún día lo volvería a ver.
El reloj marcaba exactamente 19:35 cuando el músico estampó sus nudillos tres veces en la puerta con el número que Georg le había mencionado.
La puerta se abrió lentamente, y ahí estaba de pie su único mejor amigo, con sus ojos verdes que casi siempre sonreían, ahora llenos de cautela y el ceño un poco fruncido. Tom quiso sonreír, pero se quedó quieto. Los años de golpes, o experiencias, o de vida quizá, le habían dado esa percepción de viejo zorro, y algo ahí no iba normal. Al principio no lo vio, pero la postura de Georg, algo atravesada, algo tensa, algo envarada… algo en guardia, le chocaba de una manera muy enervante. Y ahí, acurrucada, escondida, inmóvil en la sombra y los pliegues de la chaqueta de Georg, entre sus fuertes brazos, increíblemente estaba su pequeña súper estrella, con sus ojos oscuros entre confundidos y asustados, la piel blanca como una bengala, y la melena negra tupida, ligeramente más larga, que le caía un poco sobre la frente y un poco sobre los huesudos hombros. Y se miraron, Bill con conocimiento previo, y Tom con el aturdimiento de quien recibe un golpe directo en el estómago, que deja sin aire, y se quedó en blanco, vacío por un momento, viendo solamente aquellas oscuras pupilas de mirada vulnerable y la juventud de aquel rostro ovalado, de altivo mentón erguido. La singular belleza de Bill lo dejó momentáneamente impactado y mudo mientras intentaba hilar lo que miraba, de modo que no estuvo preparado para la reacción del chico. Bill se apartó de la protección de Georg, se abalanzó sobre Tom y le rodeó la cintura con los brazos, y Tom sintió el cuerpo cálido y lleno de vida del niño pegándose al suyo. Algo en su pecho sufrió una sacudida… era su corazón, aletargado y frio que se desperezaba al fin, comenzando a latir suavemente, como en una tranquila borrachera de primavera.
Georg fue quien se ocupó de cerrar la puerta que Tom había dejado abierta, y sabiamente, se retiró al único pequeño dormitorio para darles el espacio que necesitaban. El confiaba en Tom…sabia que nunca lastimaría a Bill, pero se quedaría al pendiente, por cualquier situación, a fin de cuentas lo que estaban viviendo era extremadamente raro.
El músico estaba rígido, latiendo el corazón a ciento cuarenta por minuto, aun sin creer lo que tenia aferrado a su cintura, pero lentamente la verdad penetró en su cerrado cerebro, al mismo tiempo que el aroma de Bill, -aquel delicioso aroma a galletas, crema batida y queso de fresa- se enroscaba furtivo en el aire, tentador e incitaba desde lo más profundo de su cerebro, sus más fieros instintos protectores.
Y el pequeño corazón de Bill latía mas rápido incluso, aleteando casi tan rápido como las alas de un colibrí. Ver a Tom le provocó una descarga eléctrica, se olvidó de todo, de absolutamente todo, casi igual como cuando una inyección potente de morfina alivia cualquier dolor. Tom lo aliviaba, desde dentro sanaba su dolor y su agonía.
“Esta pálido, pálido y delgado, y a pesar de que huele muy rico algo en su aspecto se nota descuidado” pensó Bill mirando a Tom, mirando sus oscuros ojos llenos de venganza, justo antes de lanzarse a sus brazos sin pensarlo siquiera.
Y después de unos segundos, el cuerpo y la mente del músico reaccionaron a la vez, y tomó a Bill por las solapas de la chaqueta, y curvó una mano bajo su mentón en un gesto casi tierno, mientras que el atardecer se desparramaba a chorros por la ventana. Tom lo examinó, mirándolo largamente, serio y evaluativo, le costaba mucho creerlo aun, quizá demasiado y quería cerciorarse, solo eso, asegurarse de que aquel tesoro tan preciado que sostenía en su mano era real y no otra más de sus alucinaciones; encontró de nuevo ahí la nostalgia escondida en la negrura de las pupilas que brillaban como dos estrellas, y descubrió el fantasma blanquecino de la cicatriz del rasguño que le ocasionara a Bill el despiadado bofetón que le había propinado su padre, más de un mes atrás, y le rechinaron los dientes de pura rabia.
— ¿Bill…? —fue lo único que pudo articular, y como respuesta recibió una sonrisa tímida, de bordes temblorosos… “muy cansada” fue el término que rondaba en su cabeza, y lo abrazó, lo abrazó muy fuerte, y sintió su herida recién curada, llamear de dolor, de protesta, y eso solo hizo que intensificara la fuerza de aquel abrazo, lo hizo sentir vivo nuevamente, y sonrió casi imperceptiblemente al sentir unas pequeñas manos tratar de rodear su ancha espalda, tratar de sujetarse a su chaqueta de cuero como si le fuera la vida en ello…
—Soy yo Tom, soy Bill— y Tom quiso reír de irrealidad, porque la voz del pequeño sonaba casi a un reproche, a un: “¿Por qué demonios tardaste tanto?”
Las palabras no eran necesarias en realidad, y ambos lo sabían, no en aquel momento, no en ese reencuentro, no con ese atardecer desdibujándose por la ventana, el sol bajando más y más en el horizonte, llenando todo de luz rojiza.
A Tom se le seguía antojando más bien hilarante aquella situación, con el cuerpo de Bill bien apretujado entre sus brazos y entre sus manos surcadas de venas. “¿Qué diría ese cerdo ruso si me viera sostener de esta manera a su único crío vivo? ¿Cuál sería su mirada al decirle que no se lo pienso devolver, al decirle en esa cara de cerdo asesino que mejor me lo quedo conmigo antes de que muera a tiros como esa preciosa niña de rizos espesos?
Acariciaba suavemente la sedosa melena negra de Bill, sentía diluirse lento el rencor en su sangre, enterrando sus dedos entre los mechones suaves, pensando todo aquello, mientras el chico se quedaba quieto, derramando silenciosamente todo su agotamiento en Tom, quien parecía absorberlo y devolvérselo en el acto, convertido en estremecimientos de columna y latidos jubilosos, y lo que era, y lo que algún día se aterrorizó con llegar a ser, se encontraba muy lejos de aquella claridad rojiza, los brazos fuertes de Tom eran su hogar ahora, y nada mas importaba.
& Continuará &
Me gustaría decir que huyan, pero no, esa no es una opción 🥹❤️🩹