
Capítulo 19
Silencio.
Todo estaba en silencio, o eso parecía. La lluvia seguía cayendo, tenaz e implacable sobre el medio día en Múnich, haciendo que el agua, vuelta pequeños riachuelos, se abriera paso por todas partes, y el silencio parecía sepulcral por debajo del silbido que le llenaba los oídos. Y cuando su vista comenzó a enfocarse, pudo ver el cielo nublado, salpicando cada gota caída de las nubes cargadas en su cabeza, y todo el paisaje estaba ladeado, roto y mojado.
Por casi medio minuto, no supo en donde se encontraba, su mente aletargada tardó en hacer la conexión, mientras trataba de ajustar aquel panorama volteado, pero al ver el emblema automotriz en los respaldos empapados de los asientos, y al sentir el dolor abrirse paso lentamente por su cuerpo, su cerebro hizo en menos de un segundo el nexo con la horrible realidad. En los asientos delanteros, estaban inertes los cuerpos del chofer y del soldado de asalto que segundos antes soltaba ráfagas salvajes que llenaban todo de humo olor a acre. Y ahora solo el aroma de la pólvora y la lluvia le impregnaban la nariz, y hacían doler sus pulmones.
—¡¿Bill?! — su pregunta estaba empapada por el pánico, y sus ojos enloquecidos se clavaron hacia su costado derecho. Y ahí a su lado estaba Bill, sostenido al asiento únicamente por el cinturón de seguridad cruzado en el pecho, colgando el cuerpo flojo hacia abajo, queriéndose vencer a la gravedad; tenía los ojos cerrados, y los hilillos de sangre caliente que descendían desde su melena oscura, goteaban hacia abajo, sobre el cuerpo inerte de Georg.
Tom forcejeó desesperadamente con su propio cinturón para poder alcanzar a Bill, pero su pecho dolía de una manera atroz, justo aquella zona adornada con la cicatriz en forma de estrella, además del brazo izquierdo, el cual estaba roto, y enviaba calambrazos de dolor agudo directo a su cerebro.
—Maldición — murmuró Tom, al aguantar con los dientes apretados el dolor de brazo fracturado, mientras lograba finalmente sacar el cinturón de seguridad.
Agradeció a los Dioses no tener las piernas atascadas con el asiento delantero, y cuando la presión del cinturón se liberó, Tom se desplomó un poco sobre Bill, jurando y maldiciendo. Alguna parte de su mente le decía de manera aterrorizada que acababan de volar por los aires a causa de una granada, obra de nadie más que del padre de Bill, pero Tom estaba concentrado y frío, aterrorizado si, pero por Bill y por Georg, que estaban inconscientes.
—Bill, vamos Bill reacciona — su voz era suplicante y atemorizada, —Georg por Dios — logró detenerse con la gaveta que separaba los asientos delanteros y que ahora estaba rota, creando un soporte hacia atrás, y tomó la cabeza de Bill con la mano derecha, levantándola un poco; la melena del chiquillo goteaba sangre, y las manos de Tom quedaron manchadas de un color rojo desvaído, pues la lluvia deslavaba la sangre de Bill haciéndola menos espesa.
—¡Vamos Bill!— volvió a suplicar, apretándole un poco la barbilla, y sus ojos se iluminaron al ver cómo Bill apretaba los párpados y luchaba contra la inconsciencia, quería despertar, y cuando Tom vio como sus ojos iguales a un par de diópsidos estrella(*) temblaban en la palidez de su rostro decorado con franjas rojas, su corazón se agitó, entre aliviado y aterrado.
Bill y Tom se miraron por un segundo, miradas atemorizadas e inseguras, de brillo vacilante, y Georg seguía inconsciente, y Tom pudo ver con el rabillo del ojo, que su mejor amigo tenía las piernas pensadas dolorosamente con el asiento, y un escalofrío de miedo le recorrió la espina dorsal.
Pero antes de que cualquiera pudiera hacer un movimiento más, una voz grave, átona, y mortalmente educada habló a sus espaldas.
—Señor Trümper… hágame el favor de salir del vehículo.
Tom volteó lentamente, con la rabia destellando en sus ojos oscuros, y vio a Gustav arriba de él, asomando su tez blanca y la cabellera de oro por encima del cristal roto de la portezuela. Tom no se movió un ápice, volteó a ver nuevamente a Bill y vio que el niño luchaba por mantener los ojos abiertos y vio que tenía las pupilas totalmente dilatadas, y su corazón se encogió por el miedo. A su espalda escuchó un sonoro clac cuando Gustav movió el carro de su enorme escuadra con silenciador en el cañón y acerrojó una bala. Tom conocía bien esa pistola negra con silenciador y sus letales municiones blindadas, sabía el dolor que provocaban.
—Por favor, señor Trümper, no lo volveré a repetir, saldrá usted por su propio pie o saldrá en pedazos.
Tom cerró los ojos, sintiéndose derrotado, y soltó con cuidado la cabeza de Bill, quien seguía tratando de mantener los ojos abiertos, y con la torpeza y la lentitud propias del dolor que sentía, logró salir de entre los restos despedazados de la camioneta. Una vez fuera, de pie sobre el asfalto mojado, otro tipo alto como garrocha, fornido y que empuñaba un enorme rifle M16 le puso el cañón helado en la nuca.
Gustav echó un vistazo al interior de la camioneta y vio al hijo de su jefe, inconsciente de nueva cuenta, con el cabello pegajoso de sangre cubriendo sus infantiles facciones y el delgado cuello expuesto ahí en donde latía su vida, incluso podía apreciarse cada movimiento de su sangre en la vena carótida cuando era bombeada por su corazón.
Más allá de Bill estaba Georg totalmente fuera de combate, con la sangre que le cayera desde el cabello de Bill ya medio coagulada en su piel, y las piernas aplastadas por el asiento delantero.
«Bien podría darle el tiro de gracia» pensó el rubio, mirando las facciones perfectas y elegantes del psicólogo, pero decidió no perder más el tiempo por ahora, lo remataría después.
El músico maldijo para sus adentros, y miró como Gustav, con una agilidad y fuerza inesperadas, terminaba por arrancar la portezuela estropeada de la camioneta y sacaba al niño en vilo, sosteniéndolo solamente con sus manos. Seguía siendo tan liviano como una hoja seca.
—Déjalo en paz— dijo Tom. Su voz estaba llena de odio, y estuvo a punto de echarse encima de Gustav para arrebatarle al chico, pero el rubio lo miró nuevamente con esos ojos tan peligrosamente inexpresivos que tenía, y puso el cañón de su escuadra en la sien de Bill.
—No haga ninguna estupidez señor Trümper, o le volaré la cabeza al niño frente a usted. Ahora andando, el señor Bobrikov desea verlo.
Terminó, mientras echaba a andar unos metros más allá de la camioneta volteada, hacia una pequeña callejuela oscura, en donde una enorme Cadillac negra aguardaba aparcada, refulgiendo en la oscuridad.
Tom caminaba pesadamente tras Gustav, viendo el bamboleo del cuerpo de Bill en los brazos del rubio. Lo acunaba casi con afecto, con esmero, y Tom sentía el cañón helado presionando su cuello dolorosamente. De nueva cuenta, no había salida alguna, y de algún modo su cerebro recordó al Coronel Hintze, y se preguntó dónde estaría con sus famosas camionetas señuelo. Tom no quería pensar que el Coronel los había traicionado, pero su ausencia le daba a entender todo lo contrario.
En ese momento se abrió la portezuela trasera izquierda de la enorme Cadillac negra, y un tipo alto y delgado, algo entrado en años, con el rostro perfectamente bronceado salió de ella. Era un hombre que irradiaba seguridad. Estaba vestido con un traje gris oscuro de apariencia muy costosa, inmaculado y limpio, con corbata y pañuelo de seda color vino a juego asomando por el bolsillo del saco y un Rolex de oro relucía en su muñeca izquierda bajo el puño de su camisa blanca, adornadas las mangas con gemelos de diamantes.
—Buen día, señor Trümper —saludó.
Hablaba muy bien el alemán para ser ruso, suave, despacio y con muchas pausas, como si paladeara cada palabra.
No tenía aspecto de mafioso, ni de narcotraficante, tenía el cabello negro salpicado de canas plateadas, perfectamente recortado y peinado hacia atrás, su piel blanca estaba bronceada en un elegante tono color caramelo claro, y los ojos eran grandes, astutos y con el color del asfalto mojado. Sus manos eran igual de grandes que su cuerpo, y llevaba una gruesa alianza matrimonial hecha de oro puro en el anular izquierdo. Tom frunció el ceño al verlo, pues según sabía, ya había pasado algún tiempo desde que él ganga se volviera viudo, pero entonces recordó que la lealtad y la fidelidad eran las principales reglas y los principales códigos de los rusos. Le pareció un tipo muy fuerte y también muy peligroso. Se midieron en silencio por un corto rato, y Bobrikov a su vez también examinaba a Tom, veía su impresionante altura, su pose de seguridad con los pies separados; incluso así, mientras el músico se sujetaba el brazo izquierdo, obviamente lastimado, y lo que le pareció más impresionante fue su rostro serio y molesto, los ojos oscuros como una medianoche sin luna, las líneas cuadradas y fuertes de su mandíbula, trabada por el coraje y sus facciones serenas e ilustres, y vio en su estampa, esa casta brava alemana que recordaba haber visto en su padre y en sus antepasados. Tom también irradiaba poder. Mucho más que su difunto padre.
El músico no respondió, y sus ojos preocupados se posaron en la silueta inerte de Bill que seguía en los brazos del rubio, y al verlo, Tom notó que no se parecía en nada a su padre. Bill era mucho más delicado y frágil.
El ruso siguió su mirada, mirando a su hijo fijamente al rostro dormido.
—¿Bill es increíble, verdad? Tan callado. Es idéntico a su madre—habló de nuevo la voz que era más dura y peligrosa que antes, como el siniestro sonido de los anillos de una víbora de cascabel —¿porque está herido? — le preguntó entonces a Gustav, mientras miraba los hilos de sangre que decoraban el cuello de su hijo.
—Se golpeó la cabeza en la explosión de la camioneta — respondió el rubio, y Bobrikov volvió a fijar sus ojos en Tom, y la mirada era aún más fría que antes, como una filosa lámina de acero congelado.
—Esto es tu culpa Trümper —acusó el ruso, entrecerrando los ojos hacia Tom, quien se removió incómodo en su sitio. El chaleco blindado le pesaba, y el brazo le dolía de veras, además de que el loco que le apuntaba con el arma lo ponía más nervioso.
Bobrikov caminó lentamente hasta Bill, y lo contempló de cerca, medio desvanecido sobre los brazos de Gustav, quien ni parecía inmutarse por el peso del niño. Sentía una profunda lástima al ver el estropeado estado de su único hijo varón. Y no por la sangre ni las heridas. Todo su aspecto le provocaba lástima y un leve dejo de repulsión. Desde los negros cabellos largos, suaves y lacios, la ropa exótica que Bill decoraba tan minuciosamente y que a él le parecía tan espantosa, y el cuerpo blanco y huesudo, nada parecido a la anatomía natural rusa, robusta y fuerte.
—Maldigo la hora en la que te cruzaste con mi hijo— escupió hacia Tom, quien lo miraba con el ceño fruncido, y la rabia ardiendo en los ojos oscuros —tú terminaste por echarlo a perder — prosiguió, mirando de nueva cuenta a Tom.
—Yo no hice nada —farfulló Tom —solo tratar de alejarlo de esa escoria que son todos ustedes.
Los ojos oscuros del ruso relampaguearon, y una sonrisa burlona le adornó el rostro.
—No me digas que ves en mi pequeño hijo a tu difunto hermano — se burló — ahora se que debí mandarte a asesinar también junto con él. Solo me has causado problemas.
Y la cara de Tom fue puro shock enloquecido.
—No te atrevas a mencionar a mi hermano, maldito malnacido —tronó, pero el ruso no parecía ni inmutarse, al contrario, parecía disfrutar.
—No fue totalmente mi culpa, tú estúpido padre lo echó todo a perder con su rectitud, y yo tuve que actuar… — dijo, luciendo pensativo.
Y Tom sonrió, y la sonrisa era un cuchillo de bordes afilados.
—Ve y dile esa basura a otro ganga hijo de puta como tú, pero a mi no. Yo aun tengo la moral intacta.
—Y de nada te va a servir cuando vayas a ver por fin a tu hermano y a tus queridos padres. —desechó el ruso pareciendo muy pagado de sí mismo.
Y Tom solo atinó a mirar a Bill, quien volvía a luchar contra la inconsciencia y trataba de enfocar la mirada.
—Tom… — murmuró, con una extraña voz algo más grave y ronca que empezaba a emerger del tono infantil y su aliento pasaba a través de sus dientes en un siseo áspero e impregnado de dolor. Sentía que la cabeza le explotaba.
Bobrikov chasqueó la lengua, molesto, viendo el chaleco negro y blindado de Bill.
—Esto no sirve para nada, nosotros siempre disparamos a la cabeza.
Tom no comprendía a donde quería llegar el ruso con aquel parloteo innecesario.
—No sabes la de veces que he imaginado lo que sería de mi, si en lugar de haber muerto mi hija, hubiese muerto Bill — dijo, y Tom sintió como un estremecimiento muy largo de miedo y de rabia se deslizaba por todo su cuerpo — en ella veía concentrada toda mi fuerza, y toda la fiereza de mi padre — prosiguió el ruso con tono reflexivo, como si hablara más para él mismo que para Tom — pero solo tengo esto, a un chico con el aspecto de un fantasma, frágil y delicado, y por si fuera poco, soplón, pero no me mires así Trümper, — le dijo, mientras sacaba del bolsillo interior del saco una beretta plateada con cachas de madreperla — puedo ver el miedo en tus ojos, y no, no mataré a mi hijo, ¿crees que haría algo así? No, aquí el único que va a morir eres tú, y también tu amigo el psicólogo… por entrometerse en donde nadie lo llamó, y por engañarme.
Pero el ruso no se había percatado de que su hijo ya estaba totalmente despierto y consciente, con sus ojos bien abiertos reluciendo como obsidianas mojadas; y cuando su padre levantaba el arma hacia Tom, Bill rodó de entre los brazos de un sorprendido Gustav, escapándosele de entre los dedos, y yendo por pura inercia entre trompicones hacia Tom, cuyos brazos se abrieron en el acto, rodeando fuerte a Bill, aún el que estaba roto y Bill se abrazó con fuerza a Tom, al momento que su mirada extraviada recorría aquella sucia callejuela, y la brizna de lluvia que caía sobre su cabeza. Sus ojos finalmente se encontraron con los de su padre, pero no había ni la más mínima señal de reconocimiento en su mirada vacía.
—Bill —la voz del ruso era pura sorpresa enfurecida —aléjate de ese imbécil, o te mataré también. El Niño frunció el ceño, y sus ojos se enfocaron y destellaron puro coraje.
—Puedes irlo haciendo de una vez —escupió el chiquillo, su voz era dura y fría, muy del estilo ruso. Le dolían las palabras que acaban de escuchar de su padre, pero no le sorprendían en absoluto — Se que es una pena para ti que sea yo el que vivió y no Deliverance, pero se que mi hermana está mucho mejor muerta que contigo, convirtiéndose en alguien como tú, en una asesina— continuó, notando como se empezaba a levantar una vena en la frente del ruso por el coraje y sus ojos se desorbitaban. El simple hecho de ver a su hijo entre los brazos del músico, abrazado a el , con esa asquerosa seguridad en sí mismo, lograba sacar lo peor de sus instintos, y la pistola le tembló en la mano.
— Cállate Bill — espetó el ruso, y el cambio que Tom percibió en su voz hizo que las tripas se le enroscaran por el terror.
— Debiste acabar conmigo en aquel entonces — continuó el niño— porque yo ya te destruí.
— Quizá, y después de todo, si deba matarte Bill, en realidad no sirves para nada, por mucho que seas mi hijo, eres un inútil— dijo el ruso, enfadándose aún más al ver a Tom sujetar a su hijo fuertemente contra el, y ver en sus ojos una decisión que no podría traerle nada bueno.
Tom no sabía ni qué hacer o decir. La rabia y el miedo lo consumían, y es que estaban totalmente rodeados por desalmados asesinos rusos y no había muchas posibilidades de escapar, pero se juró que protegería a Bill con su vida.
El ambiente resultaba irrespirable y solo podía sentir los temblores del cuerpo de Bill cada que le escupía a su padre esas palabras tan hirientes que le quemaban la garganta.
Gustav y el guardián ruso que le apuntaba a Tom esperaban en un tenso silencio. No podían intervenir a menos de que Bobrikov diera alguna orden. Pero estaban atentos a todo lo que se decían Bill y su padre.
—Bueno… Bill, siempre fuiste un pequeño fracaso — le dijo Bobrikov a su hijo, tan suavemente como si le estuviera leyendo un cuento para dormir, y Tom vio como el ruso jalaba el carro de la beretta y acerrojaba una bala, y bajaba el arma hasta apuntarla directamente a la cabeza de Bill.
El guardia ruso que le apuntaba a Tom se hizo a un lado y dejó de apuntarle, y Gustav había fruncido el ceño al ver a su jefe apuntar el arma a su hijo. Se supone que Bobrikov no lo iba a matar, pero el rubio conocía bien a su jefe y vio que su mano no titubeó.
—Como padre, tú también eres un completo fracaso. —tronó el niño, mirando valientemente a su padre apuntarle con el cañón oscuro de su arma, igual a un ojo negro siniestro que buscaba ese punto frágil y blanco en su cerebro para acabar con su vida. Su voz fue baja y suave, pero la rabia y el dolor hervían debajo de aquella delgada capa de calma superficial. Sus ojos estaban enrojecidos y llenos de desesperación.
Y justo en aquellos momentos, a pesar de las manchas de sangre que decoraban su frente y de las líneas de cansancio que enmarcaban sus alucinantes ojos oscuros, el rostro de Bill parecía más joven y vulnerable que nunca.
Era el rostro de un niño de doce años, que anhelaba desesperadamente la tranquilidad y la paz con la que debe vivir un niño.
Pero todo ese conjunto no pudo conmover el negro corazón de Bobrikov, ni siquiera el tremendo parecido de Bill con su madre, más bien todo lo contrario, ver a Bill ahí de pie, con el ceño fruncido en una mueca de dolor y esos ojos llenos de lágrimas, rodeado por ese maldito músico bueno para nada, hizo que su mano apretara el gatillo del arma; y el tiempo se detuvo en ese momento.
Para Tom, todo pareció dispararse en cámara lenta, vio perfectamente el fogonazo anaranjado del arma al escupir la bala que acabaría indudablemente con la frágil existencia de Bill, y si eso pasaba, si la vida del niño se extinguía, la de el lo haría también, con Bill, se le iba la vida, y no iba a permitir. Sus ojos oscuros y su boca formaron unas perfectas «o» y rodeó fuertemente a Bill con ambos brazos y se giró violentamente justo en el momento en el que la bala se incrustaba en su espalda con un golpe seco, ya que al estar dirigido a la cabeza de Bill, el tiro le quedaba a la altura de los omoplatos.
El impacto fue tan fuerte que derribó a Tom hacia adelante, al momento que Bill dejaba escapar un grito espeluznante.
Aterrizaron de bruces sobre el pavimento mojado y sus heridas se reblandecieron, haciéndolas doler mucho más que antes. El hueso fracturado de Tom llameó por el dolor pero no le importaba nada de eso, porque sentía entre sus brazos el peso y el calor del cuerpo vivo de Bill que se movía lentamente entre sus brazos, como si estuviera despertando de una lánguida siesta. El músico se preguntó cuánto tiempo tardaría en morir, aunque no sentía el correr de la sangre por su espalda como cuando Gustav le había disparado al pecho. Se había olvidado completamente del chaleco anti balas que portaba bajo la chaqueta.
Y justo en ese momento, Tom se encogió al escuchar un par de detonaciones más, algo más lejanas de la distancia en donde recordaba estaba el ruso, y pensó que Bobrikov los iba a acribillar en ese momento, pero grande fue su sorpresa al ver caer a su lado al enorme asesino ruso que hace nada le apuntaba con el arma. Tenía los ojos abiertos y sin expresión, y un hilo de sangre muy oscura bajaba por su frente, desde el agujero de bala que tenía en la sien.
Tom se quedó inmóvil, viendo esa expresión de sorpresa en el rostro del gorila aquel, y apretó más a Bill mientras esperaba escuchar algo de parte del ruso, o del rubio Gustav, pero nada de eso sucedió; y Tom, con mucho tiento, movió la cabeza hacia un lado, captando una vista fugaz de Gustav, subiendo presuroso a la camioneta negra que aguardaba quieta en la oscuridad, y largarse a toda pastilla de ahí en medio del chirriar de los neumáticos al ser acelerados, y más ráfagas de metralletas se estrellaron sacando chispas en los cristales y láminas de la Cadillac mientras ésta se alejaba. Tom no lo entendía, pero todo cambió cuando vio que un par de metros por detrás de él yacía el ruso padre de Bill. Tenía un agujero oscuro que chorreaba sangre justo en medio de sus ojos que estaban tan muertos como una bombilla fundida, y riachuelos de sangre se deslizaban a lo largo de las grietas del asfalto, mezclándose con la lluvia, y la realidad le cayó de forma tan abrupta como cuando despertaba de una pesadilla.
—¡Señor Trümper!— llamó una voz a gritos, directo en su oído y el confundido cerebro de Tom al fin comprendió, al ver los azules y preocupados ojos del coronel Hintze, y más atrás de él, sus dos camionetas señuelo con las luces azules y rojas titilando enloquecidamente, con francotiradores escondidos detrás de las portezuelas abiertas.
—¿Donde demonios estaban? —fue todo lo que dijo Tom medio jadeando, totalmente dolorido y cansado.
& Continuará &
Que emoción!! Un último capítulo, el epílogo y terminamos!
De antemano gracias por leer!